Minutos después de las diez de la mañana de ayer las maletas de la familia Allen iban llenando la berlina aparcada frente al Hotel Finisterre de A Coruña. Algunos de los bolsos coloristas apuntaban a las dos hijas del matrimonio como sus propietarias. La familia Allen al completo salió del ascensor alrededor de las diez y media de la mañana. Mientras la esposa de Woody Allen, Soon-Yi Previn, con una cámara de vídeo colgada al cuello, y las dos niñas se dirigían hacia el potente Mercedes que los trasladaría al aeropuerto, el cineasta se paró durante unos segundos para recibir un pequeño obsequio de uno de los trabajadores del hotel. Vestido con su característica boina, pantalones de pana similares a los que lució durante el concierto del pasado jueves, jersey y abrigo, al llegar a la entrada del establecimiento se detuvo, con el último regalo recibido todavía en la mano, durante unos momentos con los periodistas de los tres medios de comunicación allí presentes. El cineasta afirmó que le gustaría estar más tiempo en A Coruña «pero me tengo que ir rápido». En cuanto a su visión de la ciudad la definió con un gesto muy cinematrográfico al señalar con los dedos índice y pulgar como una pequeña abertura, un plano estrecho, mientras decía: «Es muy bonita, pero no la he podido ver mucho». De todos modos apuntó, con un tono muy afable de buen conversador, un propósito: «Tengo que volver para conocer mejor la ciudad: la he visto muy poco». De todos modos, la visión sobre la ciudad desde la séptima planta de dicho hotel es más que generosa y además en la mañana de ayer estaba complementada con la presencia de un potente trasatlántico con turistas que cambiaba la fisonomía habitual del puerto coruñés. En cuanto a sus sensaciones tras el concierto de la noche del pasado jueves, Woody Allen empleó una expresión, en inglés, parecida al castellano «nos lo pasamos bomba», detallando que había sido un concierto «muy placentero, muy agradable» y elogiando el calor del público que llenó el Palacio de la Ópera. Con estas palabras puso fin a sus declaraciones, si bien, manteniendo su tono amable, todavía dedicó unos momentos más a los dos fotógrafos que le pedían un gesto de despedida, al que accedió antes de subir al coche donde le esperaba el resto de su familia. A los pocos segundos, los dos vehículos, uno con las maletas y el otro con los pasajeros, se dirigían al aeropuerto coruñés de Alvedro, desde el que volaron, en avión privado, hasta Santander, donde anoche Woody Allen y su banda ofrecieron el cuarto y último concierto de su gira por el norte de España que les llevó desde Barcelona hasta A Coruña.