Hacia el fin del mundo

César Rodríguez Pérez
César Rodríguez REDACCIÓN DIGITAL

CULTURA

J. M. Casal

De Noia a Fisterra, en busca de un ocaso sobrecogedor De Noia a Fisterra, la costa gallega muestra su belleza y diversidad en una escapada con final redondo si el clima lo permite: la sobrecogedora puesta de sol junto al faro.

28 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

De la placidez y la suavidad de las rías a los acantilados más abruptos, Galicia tiene unos 1.200 kilómetros de costa sinuosa y peculiar, repleta de paisajes y lugares con encanto. Conocerla a fondo requiere tiempo, paciencia, una buena cantidad de mapas y espíritu aventurero, ya que hay sitios casi inaccesibles. Pero para contemplar su diversidad y soltar media docena de merecidos «qué bonito» o «es impresionante» tan sólo hace falta un día, un coche y ganas de pasarlo bien. Ría de Noia y Muros El viaje comienza en la más meridional de las rías altas gallegas: la de Noia y Muros. La villa noiesa tiene aire señorial, conserva un buen puñado de casas nobles y alguno de los ejemplos más notables del gótico gallego. Noia, un antiguo puerto de mar, se asienta en el fondo de la ría, muy cerca de la desembocadura del río Tambre. El viajero deberá cruzar este cauce en su travesía hacia la villa marinera de Muros, en la boca de la ría. En Muros, que durante la Edad Media fue uno de los puertos más importantes de Galicia y que conserva un casco histórico de notable interés, finaliza el viaje hacia el oeste. La accidentada geografía de Carnota Hay que poner rumbo al norte. Ya asomado al Atlántico, el viajero dice adiós a la suavidad de la ría para encontrarse con Monte Louro y la laguna de Xalfas, un espacio de notable interés natural y paisajístico. Más al norte, el municipio de Carnota y la playa homónima (la más larga de la comunidad autónoma) son la puerta de la Costa da Morte. En este concello, la capital y la localidad marinera de Lira libran un pulso secular por acreditar que su hórreo es el más grande de Galicia. Ambos son en realidad monumentales y vale la pena echarles un vistazo. El Olimpo celta De vuelta al camino se impone la majestuosidad del monte Pindo. El antiguo Olimpo Celta, un macizo granítico que supera los 600 metros de altura merece, por su paisaje y por las leyendas que atesora, una ascensión en condiciones. Otro día será. Sí resulta imprescindible desviarse en el pueblecito de O Ézaro y ascender al imponente mirador sobre la desembocadura del Xallas. En tiempos este río vertía sus aguas al mar a través de una cascada, pero la concesión de una central hidroeléctrica en la parte final de su cauce rompió la magia de un paisaje único en Europa. Cee y Corcubión De vuelta a la carretera el viajero llega a ría de Cee y Corcubión, un oasis de placidez en la bella y terrible Costa da Morte. Ambas villas están casi pegadas, aunque son muy diferentes: la primera es una de las poblaciones más dinámicas de la comarca; la segunda posee un casco histórico-medieval admirable. Quedan poco para el final de la ruta. El fin del mundo de los antiguos ya está cerca. Rumbo oeste otra vez, la ruta del viajero transcurre paralela al camino de Santiago a Fisterra. Tras pasar por las playas de Estorde, Sardiñeiro y Langosteira (excelente lubina en Tira do Cordel) aparece el pueblo marinero, forjado por un mar bravo e indómito, de Fisterra. El fin del mundo Tan sólo unos kilómetros más allá, siguiendo la carretera que serpentea por una costa escarpada aparece el cabo homónimo y el faro. Si el día es claro, conviene llegar cerca del ocaso y sentarse a esperar la puesta de sol que sobrecogió a las primeras legiones romanas que llegaron al Galicia. Vale la pena.