Incendio


Las campanas de bronce de la iglesia parroquial de Santaia da Viña, en Irixoa, tocaron a rebato un caluroso día del verano de 1957 para difundir una noticia falsa. Al oírlas, los feligreses escrutaron en vano el horizonte en todas direcciones de aquella mañana diáfana. A Viña ocupa un fértil territorio, que desciende en pendiente suave y espaciosos bancales naturales desde el alto de O Meimón hasta Os Chaos da Viña, a la orilla del río Lambre. En la zona media se asienta el lugar de Midoi, el casal originario de mi madre. Allí me facturaban al acabar cada curso escolar, en el coche de línea al cargo de las feriantes que compraban el cremoso queso de las tierras altas para venderlo en el mercado de Ferrol. Algunos veranos pasaba varios días en la alquería un primo tres años mayor que yo, pícaro y dicharachero, investido por entonces como mi alter ego. En una ocasión, mi tío, el patrón de la casa, lo envió a comprar tabaco, y me concedió seguirlo. El camino hacia A Viña pasa por el santuario, y al regreso nos demoramos en el atrio. La cuerda de la campana pendía sobre la fachada pero no estaba al alcance de un chiquillo. La tentación era irresistible y para atrapar la soga, mi primo hubo de uparme sujetándome con sus brazos por las rodillas. Una vez empuñé la anilla en la que remataba el cabo, quedé suspendido y la campana empezó a tañer con tal apremio que nos asustamos. Mi primo, un pillo de cuidado, huyó a todo gas y se ocultó en un zarzal y a mi me dejó colgado literalmente. Como no me atrevía a saltar desde aquella altura, la campana no dejaba de repicar. Más tarde supe que en el código de las campanas, aquel tañido significaba alarma por incendio.

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