Bendito ruido

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA CIUDAD

ANGEL MANSO

La contaminación acústica tiene sus criterios objetivos, pero el concepto de molestia es subjetivo

21 sep 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Lega al teléfono de un amigo un aviso de que los decibelios se disparan. Están por encima de 90, y leo después que a este nivel se considera un ruido que causa molestias y puede resultar dañino en exposiciones prolongadas. Lo curioso, o tal vez no, es dónde estamos cuando llega el mensaje: en un parque infantil del centro, en hora punta. A media tarde, con este sol y esta temperatura, estarán todos los columpios de la ciudad con unas colas en los toboganes que ni la espera para hacerse con una entrada de Coldplay.

Están desatados, claro, a grito pelado, con esa manera de levantar la voz capaz de taladrar el cerebro de los adultos que a esa hora estamos ya para que nos retiren en camilla. El chivato del teléfono no llega a la finura de distinguir quién o qué provoca semejante barullo. Con lo inteligentes que son estos chismes, deberían incluir un sistema de personalización de las molestias. Los decibelios son fríos, qué tendrán que ver 90 en los columpios que los de una obra debajo de la ventana. En nada se parece la perrencha del cativo a las exaltaciones de la amistad que entran por la ventana las madrugadas del fin de semana. Aunque llega un momento en que da igual que el ruido lo provoque una sirena, los gritos de los adolescentes, o tu hijo y todos sus compañeros al salir del colegio como si dieran orden de evacuación.

La contaminación acústica tiene sus criterios objetivos, pero el concepto de molestia es tan subjetivo que a pesar de sentir cómo el cerebro se encogía ante cada chillido penetrante que llegaba del balancín y el tobogán, bendito ruido, pensé, el que sale de los parques y los columpios. Aunque haga saltar las alarmas de los teléfonos.