HERCULÍNEAS | O |
26 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.HE estado muchas veces sola, pero nunca en soledad, porque los tenía a ellos ». Esto dice Rosa, desde sus ochenta años y señalando algunos de los libros que guarda en su biblioteca y le han acompañado buena parte de su vida; recuerda su adolescencia, antes de venir a A Coruña, cuando en su pueblo le llamaban rara porque dedicaba mucho tiempo a la lectura. Muestra un volumen, único, explicando: «Éste se salvó del asesinato porque estaba prestado, pero los otros murieron todos». ¿Asesinato? No acepta Rosa una palabra más suave para quienes quemaron la biblioteca de su familia, al comenzar aquella guerra que hubo en España. Ahora sigue leyendo, disfrutanto sobre todo de los clásicos, enredándose, una vez más, con las aventuras de Alonso Quijano. Lectoras, y lectores, como Rosa deambulan estos días por los jardines de Méndez Núñez en busca del viejo volumen que leyeron hace años, del que hable de un tema específico («¿Tiene algún libro sobre conchas marinas», preguntan padre e hijo en varias casetas) o de ese ejemplar que alimenta los recuerdos. Alguna normativa (ahora que todo se legisla) debería proteger esta rara especie, la de los lectores, capaces de decirle al librero: «¿Me reserva este libro hasta la próxima semana, que es cuando cobro y ya puedo pagárselo?».