El párroco de Perillo ha optado por abrir el templo solo media hora antes de las misas después de acumular siete hurtos en sus 19 años al frente de la parroquia
24 jul 2009 . Actualizado a las 11:34 h.La iglesia de Santa Leocadia de Perillo provoca adicción entre los ladrones. Van ya siete robos en un plazo de 19 años, los mismos que lleva Carlos de la Fuente Martínez al frente de la parroquia ubicada en lo alto de esta zona oleirense. La última ocasión en que se sustrajeron objetos fue a principios del 2009 y, desde entonces, el cura párroco optó por cerrar el templo la mayor parte del día con un aviso en la puerta escrito a mano. «Iglesia cerrada hasta los actos de culto (por robos). Misa diaria: 8 tarde», se lee en el exterior.
«Este año se llevaron todo lo que era de metal como campanillas, navetas, incensarios... todo excepto unos candelabros de bronce», dice mientras señala a una capillita portátil, a la que le ha tapado la ranura. «Los vecinos le echaban dinero y al final los ladrones la acababan forzando, y la hemos tapado para evitar tentaciones a los ladrones, así dejan la imagen tranquila», señala el veterano sacerdote.
A veces, lo robado acaba volviendo a la iglesia de Santa Leocadia. «Una vez los pillamos. Fue gracias a los vecinos, que dieron aviso y a la Policía Local que andaba cerca», recuerda don Carlos. ¿Cómo se afrontan las pérdidas causadas por los cacos? «Parroquialmente», espeta. En estos casos no tiene sentido avisar al arzobispado. «A Santiago solo estamos obligados a llamar cuando ocurren profanaciones pero aquí no se ha dado el caso», apunta el párroco. «Pero es más importante el valor afectivo de lo que se llevan que el valor económico», añade mientras recuerda el caso de la cruz robada recientemente en una iglesia de Coirós y tasada en algo más de veinte mil euros. En una ocasión el párroco se encontró con los lampadarios rotos, un daño mucho mayor que lo sustraído ese día.
Pero esos episodios comienzan a ser parte del pasado ya que Santa Leocadia, mártir toledana del siglo III, tiene en Perillo el respaldo de los vecinos, escarmentados por los numerosos robos en los últimos años. «La gente ya está concienciada y cuando oyen ruidos extraños me avisan a mí o a la policía».
El párroco muestra orgulloso las puertas talladas a mano por un artesano vecino, que ha retratado los santos de la iglesia, una riqueza que todavía ha sido respetada por los ladrones y los grafiteros.
Con todo ello, los vecinos de Santa Leocadia ya no pueden rezar en la iglesia a cualquier hora del día como antes, sino que solo pueden acceder al templo media hora antes de los oficios. Hay excepciones, como cuando acuden las limpiadoras a adecentar el templo, o incluso estos días en la que varios obreras se afanan en pintar el interior del templo. Don Carlos acude a ver la evolución de las obras y cada vez que vuelve a su despacho parroquial deja a los trabajadores su mensaje de siempre: «No me dejar abierto».