Son los gerentes de Casa Cuenca, establecimiento que lleva 63 años siendo ?un referente de los productos de alimentación más selectos en la ciudad
25 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Cuando llega el invierno y se va preparando la temporada de cocidos, la visita a Casa Cuenca es casi obligatoria. Lacones, chorizos y tocinos lucen en sus escaparates como joyas gastronómicas que son, rodeados de otros suculentos manjares -atención a las lentejas, garbanzos y alubias- y caldos de las distintas denominaciones gallegas. Y lleva siendo así desde hace ya 63 años, cuando este establecimiento abría sus puertas en la calle Marqués de Pontejos, aunque la saga familiar que a día de hoy lo regenta no se haría con el negocio hasta 1953: «Ahí es cuando lo cogió mi tío, Juan Vázquez Souto. Desde entonces, por aquí ha pasado casi toda la familia», cuenta Javier Mosquera, que está actualmente al frente del establecimiento junto a su primo Francisco Rodríguez. De hecho, hasta hace poco eran tres los primos involucrados: «Hace tres años que se jubiló Gonzalo, pero aquí ha trabajado incluso mi padre», añade.
Desde su origen, generaciones de coruñeses se han alimentado con los productos de este ultramarinos que debe su nombre a su fundador, de apellido Casacuenca: «Es lo más bonito de esto, ver cómo los nietos de los clientes siguen viniendo», asegura Javier. Y él los conoce de sobra, ya que con doce años ya prestaba sus servicios: «Estudiaba en Maristas, pero al salir de clase venía para ayudar a llevar las bolsas a los que tenían que coger el autobús a Sigrás, en Puerta Real». Toda una vida prestando trato personalizado a la clientela -«es el secreto para mantenerla»- y también cargando de provisiones los buques. El Begoña , el Covadonga y demás barcos que partían hacia América desde el puerto coruñés, lo hacían con las bodegas llenas de sus vituallas: «En una ocasión el barco partió con mi padre a bordo, que no se dio cuenta de que zarpaba mientras apuntaba los pedidos, y tuvo que regresar en lancha desde la Torre», recuerda Javier.
Con resignación, los primos admiten que el futuro del negocio no está asegurado dentro de la familia: «Los jóvenes saben lo duro que es esto, y no veo a nuestros hijos haciéndose cargo de la tienda. Es una pena, porque con los clientes hay una relación que va más allá de lo comercial, los vemos ya como de la familia», asegura Francisco.