Casi me olvido

| RAMÓN PERNAS |

CAMBRE

CASI me olvido de contarles que, como sucede cada año desde la inauguración del mundo y por estas fechas, la primavera se ha colado de rondón por una esquina del paisaje y ha sembrado, como le gusta recordar a mi viejo amigo Caneiro, mariposas en los estómagos de todos los adolescentes que en el mundo son. La primavera se ha especializado en perturbar a toda la naturaleza, modificando las actitudes de la humana nación, que como es bien sabido son las más políticas -incorrectamente hablando- de entre todas las actitudes conocidas, aunque lo ignoren sus protagonistas. La primavera a plazo fijo es siempre una cita aguardada, una larga espera, la estación del año más consentida e indolente, aunque, como es de rigor, juegue al despiste y vuelque el carro de los últimos fríos y traiga repletas las cestas de las lluvias y las derrame por esta parte de la tierra. Este año más que nunca nos hemos dejado sorprender por la primavera que brota en nuestros corazones como una enredadera de estrenos novicios, con la vieja y nueva yedra de todas las esperanzas renovadas en un país que ha decidido mudar de piel política y abrir todas las ventanas para que entre la brisa nueva de abril y mayo cantada en las viejas coplas de una pasión renacida. Casi se me olvida contarles, por ejemplo, que en la fraga de Cecebre y en la selva de Esmelle, pongo por caso, han acordado las repúblicas de la avifauna y la de las plantas y los árboles, iniciar el rito, bailar la antigua danza de cada primavera, echar fuera el invierno, desperezarse en verdes obscenos y correr desesperadamente en busca de la luz, ejerciendo una inevitable reivindicación sindical que tiene en las noches menguadas su negociación incuestionable. Dentro de pocos días, cuando se estrene abril, volverá el cuco a sus territorios de las altas tierras de Miranda de mi señor Merlín y don Cunqueiro su cronista. No va a asistir el entrañable barbero mindoniense, Pallarego, para enmendar la plana cuando desafine en su cantar de dos notas. Pudo corregir a Menuhin cuando se fue de tono en un concierto radiado, pero con el cuco no tiene autoridad. Casi se me olvida escribir como solía, desde la nostalgia, volver a mi estilo y evitar contarles la aflicción primaria de la derecha hispana, que estos días se dedica a fabricar dardos envenenados envueltos en burdas descalificaciones más cercanas al insulto que a las tesis argumentales. Pero no hay motivo para preocuparse porque aún estamos en vísperas de casi todo y esta vez nos empeñamos en desmentir a don Enrique Tierno y aseguramos que las promesas electorales están para cumplirlas. Palabra de honor. Casi me olvido de contarles que a punto estuvieron los árboles de ocultar el bosque, de que mi antiguo héroe de caballería, mi buen Alonso Quijano, ya no va a luchar más contra los molinos de viento, que son como una pesadilla en todos los cerros, cabezos, colinas y montes de España, que este país ya no es únicamente virtual, que ya más nunca debo escribir largo me lo fiáis y ni siquiera señalar esa ordinariez popular que señala que siempre que llueve escampa. Ni siquiera voy a añadir lo de que a buenos entendedores... Casi se me olvida comentarles una excelente noticia. Ha llegado, y esta vez sí, la primavera.