Mar, de 65 años y víctima de violencia machista, al borde del desahucio en Vilaboa
CULLEREDO
Con una discapacidad del 44 % e ingresos mínimos teme quedarse en la calle
06 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.María del Mar Rodríguez Aradas, vecina de Culleredo de 65 años, afronta los días más oscuros de su vida. El piso en el que reside desde hace 11 años en Vilaboa tiene una orden de desalojo inminente. El contrato está a nombre de su expareja, un hombre con el que compartió 21 años marcados por la violencia y penalidades, y que abandonó la vivienda el pasado noviembre. Él se fue saldando la deuda con el propietario, pero ella no ha sido capaz de afrontar los siguientes pagos. Los Servicios Sociales de Culleredo certifican que es una persona en situación de extrema vulnerabilidad, con una discapacidad del 44 % y desde el Concello indican que activaron el protocolo para ayudarla.
La historia de Mar es la de un sufrimiento prolongado en el ámbito doméstico. A pesar de haber estado bajo el control del sistema VioGén y de acumular varias denuncias, relata que el miedo y la manipulación psicológica la llevaron a retirar algunas. Un hecho que vincula con que el proceso judicial definitivo —celebrado en diciembre— se saldase con la absolución de su expareja.
Su marcha del piso no supuso el fin de los problemas, sino el inicio de una cuenta atrás habitacional. Mar se encuentra completamente ahogada por las cifras. Percibe el ingreso mínimo vital, 736 euros, mientras que el coste del piso ronda los 550 euros. «Eu non o podo pagar», reconoce. Cuenta con el bono social para la luz y el agua, pero le resulta imposible asumir una renta y cubrir la cesta de la compra.
A la asfixia económica se suma un absoluto aislamiento social. Su entorno familiar directo le ha dado la espalda. Sus dos hijos rompieron la relación con ella, un hecho que vincula a la situación que se vivía en su casa.
Hace dos semanas, un notificador judicial acudió al piso para advertirle del desalojo. Al no figurar ella en el contrato de alquiler, el documento carece de una fecha fija de lanzamiento, lo que incrementa su angustia. Ante la falta de alternativas habitacionales por parte del Concello, explica que la trabajadora social le comunicó que su única opción es el ingreso en un centro de mayores. Una salida que María del Mar rechaza con total firmeza.
La afectada apela de manera urgente a la Xunta para que valore su caso y le asigne un piso protegido acorde a sus posibilidades, negándose a perder los pocos muebles y recuerdos que le quedan de una vida de trabajo en la hostelería, antes de que su salud empeorara.
«Eu só estou pedindo un teito que poida pagar. Non podo abandonar a miña vida. Todo o que eu traballei... Non vou ir a vivir debaixo dunha ponte», dice.
La presión psicológica acumulada estalló esta misma semana. Presa del pánico y viéndose en la calle, Mar telefoneó al servicio de atención a la conducta suicida (024): «Estuve falando cunha rapaza e comenteille que tiña pensamentos suicidas, pero que mirei para a miña cadela e volvinme atrás». La llamada activó de inmediato un protocolo de emergencia que movilizó a la Policía Local y servicios sanitarios. Su médico de cabecera acudió para estabilizarla y asegurarse de que tomaba la medicación que tiene pautada.
A la espera de lo que su abogado —que lleva el caso de forma altruista— pueda rascarle al calendario judicial, Mar pasa las horas intentando visibilizar su caso. Se niega a que la ejecución de un desahucio silencioso la convierta en una cifra más de la crisis inmobiliaria que se ceba con los menos afortunados.