Mi padre es un albariño

El dueño de La Penela homenajea a su progenitor poniendo su apodo, el Cruel, a 6.000 botellas


Coirós / La Voz

Un día, embarcado en alta mar, la tripulación de un petrolero bautizó a su jefe de máquinas como el Cruel. Más que un apodo, aquello era una ironía porque Antonio Simón, el aludido, era un pedazo de pan, uno de esos líderes que se remanga los brazos cuando asoman los problemas. Así forjó su leyenda y le quedó para siempre un apodo que llevó con humor.

«Generalmente, los primeros jefes de máquinas eran bastante más duros que yo -recuerda Antonio, natural de Melilla y vecino de Betanzos-; ojo, yo al que era vago tampoco lo quería conmigo, pero mis formas eran más suaves y, eso sí, dediqué muchas horas de mi tiempo libre a enseñar a otros».

Y ahora el apodo irónico ha dado el salto a una botella de vino albariño. Realmente a 6.000 unidades con uvas de la subzona Ribeira do Ulla, en las Rías Baixas, y elaborada en la bodega del pazo de Ximonde en el 2016. Los promotores son los mismos dueños de los conocidos restaurantes La Penela, oriundos de Coirós. Antonio es el marido de Marujita Barallobre, regente del local de la plaza María Pita y cuyo apellido también ha bautizado otro vino de la familia.

Ahora se suma a la bodega este Antonio el Cruel gracias a la iniciativa de su hijo Javier Simón, responsable del «sector exterior» del negocio (La Penela tiene restaurantes en Madrid, Bogotá, acaba de abrir en Barcelona y el próximo mes lo hará en París). «Se lo anuncié tres meses antes de embotellarse el vino y le hizo ilusión», apunta Javier.

Simón se cae de la etiqueta

Reconoce que hubo que sacrificar el apellido Simón de la etiqueta. «Ya sabes, el del tetrabrik, mejor esquivarlo para evitar confusiones», añade Javier, quien homenajea así a su progenitor y su intensa carrera como marino mercante, con dos vueltas al mundo completas, «siempre hacia el oeste», y una experiencia en la que fue testigo de vivencias que han marcado la historia del mundo. «Después de atracar en Nueva Orleans me subí a un autobús y me senté en la parte trasera, que estaba más libre, aunque los asientos eran de madera y delante de escay. Entonces vino una señora a gritarme que yo era blanco, que o me sentaba con ellos o me bajaba, fue surrealista», explica Antonio el Cruel.

Tiene muy buenos recuerdos de los países africanos, donde probó marisco fresco en abundancia gracias a un curioso trueque. «En una operación en 1976, atracamos en Tanzania, nuestro barco tenía 15 metros de calado, así que calculamos que estábamos en una profundidad de 17 metros sobre el fondo -relata Antonio-; entonces se acercaban chicos del pueblo en cayucos, les mostrábamos paquetes de tabaco y ellos se sumergían hasta el fondo para traernos langostas».

La calidad de la comida medía el nivel de las singladuras. En 1983, una crisis energética provocó un multitudinario atraque de petroleros en Noruega. El suyo, con un cocinero vasco, tenía el comedor siempre lleno. También vio miseria («en Rumanía se peleaban por el corcho del champán»), hizo de traductor y vivió mil experiencias que ahora le gusta recordar entre sorbo y sorbo de una copa de albariño que lleva su nombre.

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