Cuando conocí a Mónica Molina, hace apenas cuatro meses, la confundí con su hermana Paula y le confesé que llevaba treinta años ardiendo de amor por ella. Craso error. Mónica es mucho más joven que Paula. Cuando se estrenó Ópera Prima, en 1980, la pequeña tenía solo doce años. En fin, situaciones como esta arruinan la vida de cualquier hombre. Menos mal que mi mujer me perdona casi todo -y Mónica parece que también-. En Betanzos compartíamos palestra en una mesa redonda sobre el cine de Pedro Carvajal Urquijo, y tras aquel encuentro nacieron dos hijos casi gemelos: El nuevo disco de Mónica, Mar Blanca, y un libro extraordinario de Pedro titulado Los Urquijo en la guerra civil, que ha tenido la generosidad de permitirme publicar. El disco está ya en mis manos y el libro sale de imprenta esta semana, feliz casualidad. Mar Blanca es una recopilación de diez de las canciones más conocidas del lejano Antonio Molina cantadas por su hija. Vamos, el día y la noche. Son canciones que me retrotraen a los años del bocadillo de membrillo y las películas de romanos en el cine Equitativa, música de los gorriones y de las carpas del estanque de la carrera. Antonio Molina disputando los domingos la radio al fútbol. Y sin embargo Mónica, con las mismas canciones, llena de luz la memoria gris. Trae a mi infancia el calor, la pereza, la tragedia de la lejana costa mediterránea, y más allá el ponto de Odiseo. Los dioses y los hombres, mineros, cocineros, emigrantes... Y un helado de limón.