A todos los que ahora están fascinados con este calor, con esta Navidad caribeña, con esta estampa de playa en pleno mes de diciembre, a todos ellos quiero verlos yo el domingo a las ocho de la mañana en los campos de la Torre mientras juegan los niños y allí comprobarán empíricamente que lo del cambio climático como titular es muy jugoso, pero como realidad es un buen chiste.
Solo los padres y abuelos sufridores saben a qué me refiero, a esa xeada que se te mete en los huesos, a la lluvia que te enchoupa por mucho paraguas que lleves y a una humedad que entumece hasta doler. Solo los que han tenido hijos que han heredado el gen del fútbol podrán entender esta crónica que es tan coruñesa que nace mirando a ese faro que se ha convertido en estandarte del deporte rey. Y en el tormento también de toda una generación -la mía- a la que le ha tocado la exigencia de papar frío en los campos que allí se han instalado para que los chavales desfoguen como campeones.
Ni una maldita uralita donde protegerse, ni una grada cubierta ni un techo donde cobijarse permiten que el tiempo de partido se haga llevadero. ¡Que a algún padre yo creo que ya le ha salido musgo por las orejas! De hecho, podría apostar que la mitad de los resfriados y pulmonías de los coruñeses se pillan en ese lugar inhóspito mientras los chavales chutan gol. Y por eso digo yo que a lo mejor a la consellería o al Ayuntamiento, o a quien corresponda, le sería más rentable poner a resguardo a todos los padres y abuelos ¡antes que pedirles que se pongan la vacuna de la gripe! Que, de verdad, es mucho más rentable una uralita que que se colapsen las urgencias. Eso y un aparcamiento más grande sería ya la gloria eterna, porque, aunque sea una exageración, en la Torre un fin de semana se junta más gente que viendo al Dépor en Riazor y aquello se colapsa.
Vayan un día a comprobarlo, pero temprano, sin cambio climático, cuando la lluvia cae racheada y el chaparrón empapa a la afición. Una afición obligada con gusto a asistir a los partidos, porque con críos en la categoría biberón, ya me dirán ustedes si no conviene acompañarlos, que de no ser así yo sé de más de uno que se quedaría cada sábado debajo de las sábanas. Ahora el fútbol base tiene este funcionamiento: madrugar el fin de semana, presentarte tres cuartos de hora antes con el crío en el campo -hecho un pincel, y más equipado que Ronaldo- y aguantar dos horas de pie a que el árbitro pite el final.
Eso sí, si tienes tres hijos y todos le dan al balón, necesitas una red de asistencia que te permita dividirte, dividir a tu familia, dividir a los abuelos para llegar, es un ejemplo, a Meicende y a la Torre al mismo tiempo. No sé yo la de veces que la madre de Messi habrá jurado en arameo por si el niño tenía partido, pero si llega a tener que ir a la Torre con él... ¡ay, solo de imaginarlo me da frío!