Con la de inutilidades que cargamos en la bolsa de la playa, no nos vamos a deslomar si incluimos algo para tirar las colillas, el envoltorio del bocadillo o la pinza del pelo que se nos rompa
01 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El aplicador de un tampón, la base de un botellín de plástico, un trozo de un vaso también de plástico, una arandela, un pedazo de red, media pinza del pelo, restos de brasas, una decena de colillas. Así lucía la parcela de Riazor en la que nos instalamos el lunes por la tarde. Estaba el mar revuelto, uno de esos días de espuma parduzca, bandera amarilla, y el rastro de la marea alta delimitado por la mezcla de suciedad y algas.
Después de la vergüenza colectiva de las toneladas de basuras que dejó San Xoán (no solo en la playa: que la rapidez de los equipos de limpieza no nos haga olvidar el aspecto de las calles de madrugada), una semana después la realidad nos recuerda que somos descuidados, o vagos, o nos da igual que el entorno esté limpio, o simplemente somos sucios. Muy sucios.
Venía una madre con un crío pequeñito siguiendo el rastro de porquería que había dejado la marea alta. Llevaba una bolsa de plástico e iban recogiendo restos, ella con un gesto mezcla de asco y cabreo, él curioso. Pasaron hacia las Esclavas, volvieron hacia la coraza, y la bolsa iba llena.
«El mar empieza aquí», decía la campaña de la Autoridad Portuaria para recordar que las cosas que tiramos en el suelo, cerca de una alcantarilla... acaban en el mar, arrastradas por la lluvia. Tal vez deberíamos recomendar que alguna de esas placas de latón las instalen en el cuarto de baño de casa, o junto a las duchas de la playa, con un recordatorio de que con la de inutilidades que cargamos en la bolsa de la playa, no nos vamos a deslomar si incluimos algo para tirar las colillas, el envoltorio del bocadillo o la pinza del pelo que se nos rompa. Lástima que la vergüenza solo nos dure lo mismo que la mañana de San Xoán.