El primer árbol apareció cuajado de flores, y nos quedamos el retaco y yo mirando hacia arriba con cara de bobos: estas 17 borrascas nos habían hecho pensar que la primavera nunca llegaría
04 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Hace un par de semanas podaron los árboles del jardincillo de mi calle. Se han quedado más pelados todavía, dejando a la vista los nidos de las pegas en las ramas más altas. Desnudos como están, desde la ventana y desde el portal insisten en que es invierno, a pesar de los intentos del geranio de la terraza de iluminar las borrascas son sus pétalos fucsia.
Pero la ciudad ha empezado a vestirse de primavera estos días, por sorpresa, como una emboscada. Subíamos la calle Fernando González y el primer árbol apareció cuajado de flores rosas y blancas, y nos quedamos el retaco y yo mirando hacia arriba con cara de bobos, porque estas 17 borrascas nos habían hecho pensar que la primavera no llegaría nunca, y que tal vez este año los árboles se habían olvidado de florecer. Pero qué terca es la naturaleza, qué sabia, incluso cuando es naturaleza domesticada en pleno asfalto. Me cuenta un amigo que es un ciruelo rojo o de Pissard, un señor francés que fue el jardinero del sha de Persia y mandó un esqueje a Europa. La naturaleza no solo es sabia, también irónica y cruel: aquí florecen los árboles de los jardines del sha mientras Irán está en guerra.
Los ciruelos de Pissard no son los únicos que han comenzado a lucirse: están floreciendo las magnolias de flor rosa en San Pablo, que siempre han sido los primeros arbustos en recordar que apenas quedan unas semanas para dejar atrás el invierno. Mucho antes de que los árboles del jardincillo de la acera se cubran de hojas y oculten la calle, las grandes flores de las magnolias y las pequeñas de los ciruelos están lanzando el primer aviso. La borrasca número 18 puede pasar, no importa: casi es primavera.