¿Cómo cerrar una gran «Novena» de Bruckner?

Hugo Álvarez Domínguez

A CORUÑA

El director de orquesta Thomas Dausgaard, con la OSG
El director de orquesta Thomas Dausgaard, con la OSG H.Á.D.

La OSG, dirigida por Thomas Dausgaard, entrega uno de los mejores conciertos de la temporada

17 ene 2026 . Actualizado a las 20:02 h.

Con el éxito del baño de masas en Chorus aún coleando, la OSG retomó su abono con una Novena de Bruckner (con cuarto movimiento reconstruido por Philips y Mazzuca) en la que Thomas Dausgaard aportó conocimiento y se benefició del sonido de la orquesta.

Del Finale de la Novena (que quedó inconclusa y se suele interpretar con los tres movimientos terminados, como hizo Juanjo Mena aquí hace dos años en una versión inolvidable) se conservan fragmentos que muestran el material temático, pero estructurarlos exige decisiones de unificación complejas. El adagio parece el cierre perfecto para una sinfonía regida por lo luctuoso. Aunque esta reconstrucción del Finale es voluntariosa, parar tras el adagio parece más acorde al tono del conjunto.

La tradición de la OSG con Bruckner está plagada de nombres interesantes. Hay que añadir a Dausgaard, con una Novena de gran coherencia formal, cerebral, impresionando sin efectismos. Desde el inicio, equilibró planos y dinámicas para conducir con buen pulso al clímax, apoyado en una sonoridad brillante que potenció el lirismo de la partitura. Se escucharon con claridad las capas por la particular disposición orquestal. El viento estuvo espléndido en cada atril, por redondez y seguridad en ataques. La cuerda dio espectáculo en lo pequeño (pizzicati iniciales) y en lo grande (¡qué tersura!) en una gran noche. En el scherzo, el metal brilló a placer sin que Dausgaard (que suavizó el trío) forzase las cosas. El adagio destacó por la distribución de planos: imponentes tubas wagnerianas y cuerdas, favoreciendo una solemnidad elegíaca. Se podría parar aquí; pero el Finale puso a prueba al metal, que clavó ataques peliagudos, e hizo que maestro y orquesta caminasen firmes a un cierre épico que mostró el excelente nivel de la OSG.

Dausgaard (con tempi calmados y largas pausas) favoreció la comprensión de la obra y se apoyó en una orquesta bruckneriana de por sí. Tocar (o no) el cuarto movimiento es de lo poco objetable a uno de los mejores conciertos de la temporada.