En la bisagra de los 80 y 90, que fue cuando empecé a ir a ver música en vivo, la gente tiraba de hermanos o primos y no cargaba a los padres con su ocio a cuestas
17 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Solemos ponernos cansinos a veces los padres —yo el primero— comparando las atenciones que hoy tienen los niños y que en el pasado no existían ni en la imaginación. Por ejemplo, cuando llevas al pequeño a jugar el partido de fútbol a la Torre, tiene que ir la familia al completo a apoyarlo. Ves allí a los minifutbolistas con sus botas de marca, su camiseta con número y nombre, y una mochila personalizada con el escudo del equipo. Solo les falta ponerse unos cascos y saludar al bajar del bus. Piensas que tú te tenías que buscar la vida: ibas a jugar solo en un campo de gravilla, con la camiseta que te daban al llegar y el calzado que cuadrase. Así era. «¿Y a que no tienes ningún trauma?», suele decirte el papá cómplice.
En el mundo de los conciertos ocurre algo parecido. En la bisagra de los ochenta y noventa, que fue cuando empecé a ir a ver música en vivo, pasaba lo mismo que con el deporte: la gente tiraba de hermanos o primos y no cargaba a los padres con su ocio a cuestas. Pero los tiempos han cambiado, vaya si han cambiado. La imagen de la doble fila a ambos lados de la acera tras el Coliseum, el pasado domingo, hablaba por sí sola: eran progenitores esperando la salida de sus hijos del concierto de Duki. También los había dentro, muchos. Uno de ellos, un fan del viejo punk, acompañaba a su hija de 13 años. Me contactó por Instagram al leer mi crítica, en la que hablaba de un padre al que Duki le dio las gracias. Era él. Venían de lejos. «A min non me gusta, pero por unha filla faise o que sexa», me dijo. Me pareció tan entrañable, positiva y vitalista su postura que, lejos de refunfuñar y desearle «dificultades para valorar las cosas», me dieron ganas de decirle a esa adolescente que no sabe la suerte que tiene de tener un padre así.