Tocará este viernes con su grupo en el Recorda Fest, en la ciudad de su padre
04 sep 2025 . Actualizado a las 19:19 h.Alejandro Méndez, guitarrista de los Lori Meyers, es medio gallego, pero disimulado. Su cerrado acento granadino enmascara un hatillo de recuerdos de infancia y juventud por las calles de esta ciudad, que es la de su padre y sus abuelos.
Recuerda con cariño las benignas travesuras en las que se embarcaba por las inmediaciones del mercado de San Agustín. Los baños veraniegos de su abuelo en la Solana y los paseos por Méndez Núñez y el Casino. «Siempre me he considerado medio coruñés», confiesa. Y no lo hace con la boca chica. En cada sílaba de acabados sureños se escucha de fondo una musiquilla de orgullo.
Sentimiento que toma ahora envergadura aun mayor. Porque Alejandro posó ayer pies en A Coruña por primera vez desde el fallecimiento de su padre, Paco Méndez, el pasado mes de mayo. Él y su grupo forman parte del cartel de hoy del Recorda Fest —tocarán a las 22.40 en el muelle de Calvo Sotelo—.
Le asaltan las memorias cada vez que se sube a las tablas en esta parte esquinada del mundo —esquinada porque hace esquina, no porque esté orillada—. Explica que es en los momentos previos a la actuación, con los intestinos cosquilleando y la sangre ascendiendo hasta la cabeza ante los rugidos aún lejanos del público, cuando más recuerda todo lo que supuso para su andadura profesional el apoyo innegociable de su padre. «Fue como nuestro primer representante», recuerda. Allá en los inicios de todo, cuando no eran más que un simulacro de banda y no pasaban de los dieciséis.
Paco, que además de un deportivista aguerrido era un gran apasionado de la música, aupó y protegió a sus dos hijos cuando estos comenzaron a dar síntomas de talento e interés por los acordes —el pequeño, Julián, fue bajista de Los Planetas durante la grabación del álbum Las canciones del agua—. «Él fue el primero que me puso una guitarra en las manos, cuando apenas tenía cuatro o cinco años. Él inculcó ese germen en mí. Tenía un 4 pistas de cassette donde empezamos a hacer las primeras maquetas. Mi padre puso las condiciones para que el niño de 14 años pudiese tener un comienzo».
Un híbrido
Madre granadina y padre coruñés. ¿Cómo conviven y se entremezclan —cabe preguntarse— estas dos formas no incompatibles pero sí distintas de estar en el mundo? No hay conflicto. «Son identidades diferentes, pero con puntos en común. Las dos tienen muy interiorizado lo de ser buenos anfitriones. Acoger a alguien cuando está en tu casa. Recuerdo cómo trataban mis abuelos gallegos a sus invitados. Siempre intentando que se sintieran a gusto, siempre ofreciendo comida. Es una forma de hospitalidad que también se vive de forma muy intensa en Andalucía». De aquí y de allá cogió lo mejor. Y por eso tiene la suerte de poder decir que tiene dos casas. Cada una en una punta de España.
Sigue teniendo aquí familia. Tíos y primos. Aunque admite que, desde que fallecieron sus abuelos, no pasa por Galicia todo lo que le gustaría. «Sigo teniendo relación con mis parientes de aquí, pero ya no me es posible verlos todos los años. Suelo aprovechar cuando tenemos conciertos en la zona para escaparme y pasar un rato con ellos».
Haciendo alarde de autoconciencia, es capaz de reconocer en sí mismo rasgos de carácter heredados típicamente gallegos. «El depende es algo con lo que me siento muy identificado. Ese dudar, ese punto de indecisión que no es algo malo, sino todo lo contrario. Significa pensar más la cosas. Pararse a reflexionar. También me cuesta un poco exteriorizar mis sentimientos. Y eso es algo muy poco andaluz». Una hibridación de afectos y experiencias que cristalizaron en su forma de aproximarse a las canciones. Con una pasión que de momento no se agota y que fluirá hoy bajo el cielo coruñés.