Siempre nos quedará el pulpo

Javier Becerra
Javier Becerra CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

Martina Miser

No se me ocurre mejor expresión de la cultura popular que esa, con abuelos y nietos en la mesa, sin imposturas ni refinamientos artificiales

24 may 2024 . Actualizado a las 11:35 h.

Hay otras opciones singulares como el Fiuza en Monte Alto o la de Melide en la plaza de España, pero si uno quiere disfrutar del ambiente del pulpo concentrado en una zona coruñesa tiene que desplazarse al barrio de Os Mallos. Allí, de la estación de tren para abajo, se suceden las pulpeiras a la vieja usanza, de banco corrido, jarra de vino, palillos y mesas que tienen más historia que todo el mobiliario retrovintage de ciudad junto. Solo A Nova Lanchiña se presenta un poco más moderna, pero sin perder la esencia. La expansión de esta, adquiriendo bajos para engordar la superficie (ya van dos o tres y su volumen de público me temo que daría para toda la manzana) ejemplifica el éxito tremendo de la fórmula que no pasa de moda. Llegarán platos exóticos, fusiones insólitas y reinterpretaciones con pretensiones artísticas, pero siempre nos quedará el pulpo. Afortunadamente.

Este suceso hasta hace poco se concretaba en locales pequeños y abarrotados. Uno se arrimaba a la barra y pronto aparecía un sitio. Ahora ya funciona casi solo con reserva previa. Y si uno llama el jueves para comer el sábado le dicen que el turno de las tres está completo. Que tiene que ser a las una y media. ¿Ein? ¿Quién demonios come en ese horario?, preguntas por teléfono. Dos días después compruebas que a esa hora más británica que española de comer la pulpería está petada, con decenas de personas entregadas al culto de la tabla de madera, el cefalópodo cortado, aceite y (mucho) pimentón. Mirando alrededor no se me ocurre mejor expresión de la cultura popular que esa, con abuelos y nietos en la mesa, sin imposturas ni refinamientos artificiales. Con una camiseta del Dépor por allí, una medalla dorada de la Virgen por allá y un bandullo agradecido que sobresale sobre el cinturón como expresión de la pura felicidad.