Si hacemos caso a Tolstói (no encuentro motivos para no hacerlo) y todas las familias felices se parecen, nuestras ciudades deben ser el mayor ejemplo de felicidad posible. Apenas hay diferencias entre los bajos del centro de Coruña y el de cualquier otra ciudad de tamaño similar. Se repiten los rótulos de las mismas cadenas, las mismas franquicias, las mismas marcas. Del café a la ropa, de las carcasas de los móviles a las tiendas de decoración, ¿qué diferencia hay? Apenas nos falta una tienda efímera de un gigante como Shein para seguir con la mimetización con el centro de Madrid, el de Barcelona o el de Manchester.
Hace unos días, en una tienda de telas de San Andrés, me decía la chica que me atendía que el retaco había crecido mucho. Que hace nada estaba tan tranquilo, y ahora mira... (fue prudente y no añadió que sus experimentos con la puerta automática empezaban a molestar a un santo). Y pensé que, además de tener unas telas bonitas, tal vez me gusta comprar allí porque saben quién soy, aunque no sea una clienta muy habitual.
Una cosa es que las tiendas de toda la vida cierren por jubilación, o porque los hijos, si los hay, no quieren seguir con el negocio. O como Marita, la carnicera de 93 que contaba Pablo Portabales hace unos días, que no quiere ir para dentro en el Mercado de San Agustín, así que aprovecha para echar el cierre. Antes, otros llenaban esos espacios, en una especie de evolución natural. Con negocios parecidos o ideas nuevas, pero locales, personales, diferentes. Propias. Hay que tener valor para discutir con Tolstói, pero me gustaban más las ciudades diferentes. No creo que fuesen para nada infelices. A menos que la felicidad sea este uniforme gris y colectivo.