En esta historia, el tiempo se mide en pisos y entroidos
23 feb 2022 . Actualizado a las 11:01 h.Contamos la edad por años, los embarazos por semanas, el tiempo de los niños por meses, los huevos por docenas, la historia por siglos, el cine por décadas, los grelos por manojos.
Antes de aquel ex, después de aquel trabajo, antes del primer coche, después de aquella fiesta. Necesitamos algo más que números para entender el tiempo, para que no se escape, para saber qué hacíamos en aquella fecha. Olvidaremos si era 22 o 23 aquel martes, pero recordamos con quién hablábamos por teléfono mientras deshacíamos cajas, o quién nos ayudó a subirlas a casa. Así anotamos los hechos, el relato, la historia, el cuento que nos leemos cada noche para no olvidar quiénes somos y a qué andamos. En esta historia, el tiempo se mide en pisos y entroidos. Tres pisos y doce martes de carnaval celebramos la ciudad y yo este mes de febrero. Tiene gracia que Coruña y yo estemos de aniversario en una de las fiestas que más le gustan a ella y que menos me gustan a mí, tan poco que aproveché aquellos carnavales para hacer la primera mudanza porque no hay nada mejor que mover muebles cuando se llena la calle de choqueiros.
Por las ventanas de madera de aquella esquina de la calle Orzán subía el jaleo mientras llenaba armarios sin saber que comenzaba un idilio que acabaría con un certificado de empadronamiento registrado en María Pita, una boda de andar por casa en los Equitativa, una cesárea en el Materno. Nada especial, en realidad. Miles de coruñesas de cuna y de adopción habrán pasado por las mismas oficinas, recibido el libro de familia de las mismas manos, habrán salido del mismo hospital con miedos idénticos e idéntico, inmenso, amor. Entonces, diría Quino, ¿cómo explicar que lo nuestro es diferente?