Suite para violonchelo y ciudad

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

CESAR QUIAN

Si levantabas la vista, ahí estaba su espalda, la cabeza inclinada hacia delante, el codo izquierdo doblado, el brazo derecho empuñando el arco, las piernas abiertas

08 dic 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Tal vez lo único bueno que tiene el horario de invierno sean las luces de las ventanas. Las públicas y las privadas, que se encienden más temprano y reflejan en las aceras la vida de los otros. Hay algo cálido en la luz que se cuela desde las casas, aunque sea a través de unas cortinas, una sensación de refugio, unas ganas de llegar a tu propia casa cuando hace frío o cae una manta de agua.

En la calle Palomar, las luces llegan de lo alto del Palacio de la Ópera. Durante unos días, una violonchelista ensayaba como en una película muda. O más bien con el sonido cambiado. Si levantabas la vista, ahí estaba su espalda, la cabeza inclinada hacia delante, el codo izquierdo doblado, el brazo derecho empuñando el arco, las piernas abiertas. Del instrumento tan solo se ve la voluta, el resto es un fantasma que sabes que está ahí entre los brazos y las piernas de la violonchelista, que mueve el brazo despertando notas de una partitura desconocida. Y donde debería sonar alguna suite de Beethoven o Bach solo se escucha el ruido de los coches, las voces de la gente en la terraza de la esquina, las conversaciones de quienes se cruzan contigo, la ciudad que habla y suena con un ritmo que nada tiene que ver con los movimientos de la música invisible, allí en lo alto del Palacio de la Ópera. No suenan las notas del violonchelo pero sabes que están ahí, encerradas detrás de ese cristal que es como un imán, una silueta muda y sonora al mismo tiempo, un escaparate que se sabe musical aunque sea silencioso.

Caminamos tantas veces deprisa, deprisa, mirando nuestros propios pies, que nos perdemos ventanas como esta, hipnóticas, capaces de provocar un concierto personalizado en nuestra cabeza en medio del ruido cotidiano.