Esta semana, en la primera manzana de Juan Flórez, siempre concurridísima parada de autobús, levanté la mirada y encontré una docena de personas encorvadas sobre su móvil
17 nov 2021 . Actualizado a las 05:00 h.Estoy convencida de que los déjà vu no son solo pequeñas bromas de nuestra memoria, lapsus entre lo que percibimos y nuestro cerebro procesa. Porque en esa misma memoria caprichosa almacenamos recuerdos que no son nuestros pero en realidad también lo son, como los de los replicantes de Blade Runner. Claro que a nosotros no nos los ha implantado por las bravas ninguna corporación: llegaron a nuestras neuronas desde las páginas de un libro, las pantallas de un sinfín de cines, las notas de miles de canciones. Esas historias, las ficciones de otros que en algún momento se convirtieron en propias.
Ocurre a veces que caminas con la cabeza baja, y levantas la vista y la escena ante tus ojos te lleva a esos momentos ya vividos a través de la vida de otros. Esta semana, en la primera manzana de Juan Flórez, siempre concurridísima parada de autobús, levanté la mirada y encontré una docena de personas encorvadas sobre su móvil. La mano en la pantalla, las mascarillas, la postura, el cuello inclinado. Dónde he visto esto antes, pensé. En miles de puntos de la ciudad, dentro de los buses, a la puerta del colegio, en las terrazas, en cualquier lado, nos inclinamos (me incluyo) con gesto devoto ante la pantalla del móvil. Pero no, el déjà vu iba más allá, era más antiguo aquel recuerdo implantado. Y entonces recordé un cuento maravilloso de la también maravillosa Carmen Martín Gaite, El castillo de las tres murallas, y aquel Lucandro inmensamente rico que acabará convertido en una criatura de cuello terriblemente encorvado, una brunda más en el foso del castillo, casi ciego, casi sordo. Moví la cabeza y espanté el recuerdo, pero al llegar a casa rescaté el libro del estante de los cuentos. Por si acaso.