Mató de un disparo de escopeta a su vecino en Monelos porque lo miró mal

alberto mahía siro A CORUÑA / LA VOZ

A CORUÑA

Siro

Un hombre con problemas mentales y alcohólico asesinó en julio del 2008 a la persona que de pequeño lo llevaba en brazos, y fue condenado a 18 años

21 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

José Martínez Hilario salió a la calle el 11 de julio del 2008 y lo mataron sin más. Cayó en la acera tras recibir un disparo de escopeta a bocajarro en la boca del estómago. Apretó el gatillo un vecino pendenciero que había cambiado la medicación psiquiátrica por beber sin freno.

Diecisiete años separaban a José Martínez Hilario de su vecino Marcos Graña González, el autor de los dos tiros de escopeta que acabaron con la vida del primero. Lo vio nacer. La víctima se crio en el cuarto piso y su asesino en el primero de un edificio de la calle Camino de la Iglesia, en el barrio coruñés de Monelos. Sin llegar a ser íntimos, los amigos de ambos recordaban que a José Martínez Hilario «le gustaba tener en el colo a Marcos». Con el paso de los años, la diferencia de edad y el hecho de que el ahora detenido «se echase a perder ya desde muy joven» los distanció.

No hubo problemas entre ellos más que una discusión por un perro meses antes del crimen. Graña lo amenazó de muerte, pero a las pocas semanas se reconciliaron. Al fin y al cabo, José Martínez no quería problemas con un hombre que no estaba en sus cabales. Aun así, tampoco se achantaba cuando a su vecino se le iba la cabeza y hacía o decía cualquier tontería. Y el 15 de julio del 2008, Graña, de 32 años y sin oficio conocido, hizo o dijo algo que no gustó a la víctima y esta le lanzó una mirada.

No le gustó a este individuo. Así que cogió una escopeta de caza después de haber bebido durante toda la noche y la mañana y se dirigió en coche al centro social de Oza, donde se encontraba trabajando solo y con la puerta cerrada José Martínez.

El agresor hizo sonar el timbre, la víctima abrió y, sin mediar palabra, disparó una vez, sin acertarle. Volvió a apretar el gatillo apuntándole al pecho y lo mató. Cuando el hombre agonizaba,

Marcos se le acercó y le espetó: «Conmigo nadie juega». Luego se fue a un bar, tomó una cerveza, le dijo a la camarera «guarda la escopeta que acabo de matar a un hombre», regresó al lugar de los hechos y fue detenido.

Nadie acertaba a entender lo ocurrido. «No se llevaban mal, no tenía motivo alguno. Quién sabe si José le llamó la atención por algo, por alguna tontería, y Marcos, que es un desalmado, se fue a por él como le podía haber tocado a cualquier otro», dijo alguien que los conocía.

El asesinato de José Martínez comenzó a cocerse un día antes. Marcos Graña se presentó la víspera en un establecimiento de la calle Médico Durán y allí compró más de una decena de botellas de ron y ginebra.

Según dijo el detenido, pasó esa noche y la mañana siguiente bebiendo y fumando. «Estaba completamente borracho», recordaba entonces el párroco de Oza, que había hablado con el asesino una hora antes del crimen, que sucedió a las dos de la tarde.

Marcos Graña tenía perturbadas sus facultades mentales. No obstante, los forenses afirmaron que sabía perfectamente lo que hacía cuando apretó el gatillo. Y eso que al ser detenido se mostró tranquilo, incluso sonriente, y llegó a decir: «Lo tenía que matar». Ya en comisaría, perdió memoria y achacó su acto a la cantidad de alcohol que tenía en el cuerpo.

Nadie en el barrio coruñés de Monelos acertaba a dar con un motivo que pudiese llevar a Marcos Graña a disparar contra un vecino de toda la vida. Nadie podía creer que fuese por una mala mirada. Aunque sorprendidos por el crimen, lo que sí tenían claro es que el homicida «tarde o temprano iba a salir en el periódico». El propio hermano de la víctima llegó a declarar: «Sabíamos que algún día haría algo malo, pero nunca pensamos que llegara a matar a alguien; y mucho menos a José». Este, en opinión de muchos, «se hallaba en el peor sitio y en el peor momento».

Los altercados protagonizados por Marcos Graña en Monelos eran habituales. «De todos los bares lo echaron», comentaban los hosteleros. «Ponía la música a todo volumen a las tres de la madrugada», aseguraban los vecinos. «Lo dejábamos solo cuando bebía y empezaba a hacer el cabra», recuerdan sus amigos.

«Raro es el vecino que nunca tuvo algún problema con él», decía un residente. A pesar de todas esas perlas, el certificado de penales de Graña es como el de un bebé. Aunque estuvo envuelto en algunos hechos lamentables -como la pelea que en octubre del 2000 terminó con cuatro heridos por arma blanca en la discoteca Playa Club; un amigo suyo fue el autor de las puñaladas-, el asesino, que estuvo en la Legión, no hubo de responder jamás por delito importante alguno. «Había cometido mil faenas, pero nada grave. Es el típico broncas que tienen todos los barrios», decían.

Ya en el juicio, Marcos Graña juró que nunca quiso matar a su vecino José Martínez Hilario, que su muerte se debió a un accidente. Asumió que se dirigió a él con una escopeta, pero «para meterle miedo». El jurado lo declaró culpable y la Audiencia Provincial lo condenó a 18 años de prisión. 

El asesino

Marcos Graña González tenía 32 años el 15 de julio del 2008. Con problemas psiquiátricos y alcohólico, aquel mediodía tuvo un desencuentro con un vecino de la calle Camino de la Iglesia, en Monelos. Fue a por una escopeta y, en plena calle, le disparó al estómago.

La víctima

José Martínez Hilario murió asesinado a los 49 años a manos de un vecino conflictivo que conocía de toda la vida. El día del crimen se cruzó con él y tuvieron un pequeño desencuentro. Media hora después, caía abatido.

La Justicia

Marcos Graña González fue juzgado por estos hechos acusado de asesinato. En la sala dijo que no lo quería matar, que la escopeta se le disparó porque estaba borracho. Un jurado popular no lo creyó y lo declaró culpable. La Audiencia Provincial le impuso una pena de 18 años de prisión.