Un estreno solidario

Un estreno absoluto de Eduardo Soutullo, la «Obertura Trágica» de Brahms y la «4.ª Sinfonía» de Schubert centraron el último concierto de abono de la Sinfónica, dirigido por Dima Slobodeniouk


El 16.º de abono de la Orquesta Sinfónica de Galicia se celebró en el Coliseo con público.

Un estreno absoluto: I Can't Breather, (No puedo respirar), de Eduardo Soutullo (1968), Obertura Trágica, de Johannes Brahms (1833-1897), y la 4.ª sinfonía, de Franz Schubert (1797-1828). Obras unidas por el sentido trágico de su inspiración o su motivación subjetiva. Dirigió Dima Slobodeniouk.

La obra de Soutullo, encargo de la OSG, manifiesta su solidaridad con causas verdaderamente trágicas: racismo, crueldad, humillación, la estampa repugnante de un policía presionando con la rodilla el cuello de un ser humano (¡y con las manos en los bolsillos!). Es el caso reciente de George Floyd asumido por el Black Lives Matters. La música, lenguaje de los sentimientos, es idónea para expresar la rabia y el rechazo. Y Soutullo, con los medios de que dispone, crea una atmósfera en la que caben el lamento, el llanto, la ira y la condolencia. Todo un alegato. Lectura entregada y sentida, bien acogida por un público que ovacionó al compositor, allí presente.

En la obertura que Brahms titula Trágica hay que percibir la permeabilidad del creador cuando deja salir sus emociones. La escribió al tiempo que la Académica para su honoris causa. Dijo de ellas que eran «la que llora y la que ríe». Brahms ronda los 50 años y está en plenitud. La obra es densa y emotiva, de color compacto y sugestivo. Versión, magnífica.

A los 16 años, Schubert está bajo la férula de un padre maestro de escuela y se debate entre asumir ese destino indeseado o cumplir su acendrada vocación musical y ser compositor. Su labilidad emocional le produce brotes ciclotímicos, enfermedad psicosomática debida a la lucha entre la imposición familiar o seguir la vocación (lo que Rof Carballo llamaría urdimbre).

También Schubert llamó Trágica a su 4.ª sinfonía. El comienzo apela a la sensación de caos, influencia de Haydn, y sigue con un allegro que destila abatimiento, para en el andante mostrar aflicción y un tono elegíaco. El minuetto y el allegro final semejan una huida hacia delante. Nuevamente Slobodeniouk condujo con transparencia y precisión, muy bien secundado por orquesta y solistas. Gran acogida.

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