La resaca de doña Emilia

Tienen suerte los amados líderes de la cosa pública de que la condesa lleve cien años muerta, porque si estuviese vivita y coleando me la imagino haciendo una reaparición de las suyas en las Torres

Imagen de la condesa de Pardo Bazán, con su familia, en las torres de Meirás
Imagen de la condesa de Pardo Bazán, con su familia, en las torres de Meirás

Andan los políticos meneándole las enaguas a doña Emilia para ver quién se apunta el tanto de ser más pardobazanesco en el rebumbio de la recuperación del pazo de Meirás, el centenario de su muerte y las cartas de Galdós a su amada, que son como unas cartas de Schrödinger, que están y no están a la vez. Tienen suerte los amados líderes de la cosa pública de que la condesa lleve cien años muerta, porque si estuviese vivita y coleando me la imagino haciendo una reaparición de las suyas en las Torres, látigo en mano, en plan Jesucristo Superstar expulsando a los mercaderes del templo, pero con la eficacia fumigadora que solo tiene una matriarca coruñesa enfurecida.

Recuperado Meirás de los okupas franquistas a los que había sido entregado en 1938 por aquella tétrica Junta Pro Pazo que robaba a los pobres para repartirse luego el botín con el inminente dictador, toca devolver a su sitio a doña Emilia, a quien la cultura gallega mainstream ha ninguneado durante décadas por cometer el pecado, como Valle-Inclán o Camba, de escribir en castellano. Un dato. De los nueve volúmenes de Pardo Bazán que tengo a mano en la estantería, solo uno -Los pazos de Ulloa, Biblioteca Gallega- ha sido publicado en Galicia.

Me llega ahora, también de Madrid, una de las primeras ediciones conmemorativas del centenario de la condesa: Insolación, Reino de Cordelia. Abro y leo. Solo doña Emilia tenía las pelotas de arrancar una novela, en 1889, describiendo minuciosamente la resaca de una joven tras una noche atizándole duro en la pradera de San Isidro. Hay otras resacas de libro, como la de Arthur Dent en el inicio de Guía del autoestopista galáctico, pero la literatura universal se resume en dos condes, Tolstói y Pardo Bazán, y solo la nuestra vivía en la calle Tabernas.

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