Escucha a sus clientes hablar sobre cómo se contagia el coronavirus. Ella, testigo silenciosa del sinsentido, también tiene un punto de vista
30 oct 2020 . Actualizado a las 09:50 h.La camarera niñera tiene 20 años, pero cuida a personas que doblan y triplican su edad en la terraza del bar en el que trabaja en el centro. Parecen niños desobedientes. Les dice que no pueden sentarse más de cuatro en la mesa, que son las normas. Pero algunos la desafían. Unos juntan sillas. Otros ocupan los sitios y el resto se queda de pie en corrillo. «Así no se puede estar», repite por enésima vez. Algunos le hacen caso. Otros se rebotan: «¡Esto es un país libre y yo puedo ponerme donde me da la gana!». Los hay que hablan en voz alta: «Esta niña lo que tiene que hacer es leerse el BOE».
La camarera niñera ha incorporado un pulverizador de líquido desinfectante a su bandeja. Cada vez que alguien abandona una mesa tiene que pasarlo por protocolo anticovid. Pero la gente anda a la caída, buscando un sitio. Cuando alguien se levanta, corren raudos a ocuparlo. Ella les dice que tienen que esperar. Ni caso. Piden unas cañas. «¡No te olvides el pincho!». Aun así, pasa la bayeta con ellos sentados mientras observa cómo, al lado, hay un cliente que hace extrañas maniobras: coloca un abrigo en la mesa que queda sola. Llama por teléfono. Al rato, aparece más gente. No pueden reunirse en grupos de más de cinco. Entonces, traza un plan, inmoviliza mesas y distribuye a la familia por la terraza. !Todo por la caña!
La camarera niñera continúa sirviendo cañas y pinchos a golpe de domingo para gente que ese día no trabaja. Escucha a unos diciendo que el coronavirus se contagia en los botellones. A otros echándole la culpa a los extranjeros. Los de la mesa de más allá señalan a los madrileños. Ella, testigo diaria y silenciosa del sinsentido, seguro que tiene también alguna teoría al respecto. No estaría mal que la escuchasen.