Adiós a una gran dama

Rosa Cereijo Santamaría nació en la Nochebuena de 1923 en Santiago. Falleció el pasado 21 de mayo en A Coruña


Me ha costado mucho escribir esto y me atrevo a compartirlo, porque con toda humildad, me parece que el testimonio que voy a contar da fe de las extraordinarias vidas de tantos coruñeses anónimos, llenas de mérito y esfuerzo. Personas que ayudan a tejer una gran sociedad. Mi madre murió el pasado 21 de mayo y todavía me cuesta superarlo. No quería recordar los duros momentos de un adiós que siempre quise prorrogar. La muerte no es fácil, y menos la de quien te ha traído al mundo. La serenidad en el último tránsito es una ficción cinematográfica. El dolor es intenso y provoca heridas difíciles de cerrar. Pero el tiempo da perspectiva y abre la caja de recuerdos maravillosos de una gran dama… mi madre.

Rosa Cereijo Santamaría nació en la Nochebuena de 1923 en Santiago. Vivió una vida creo que plena. Casi un siglo. En sus espaldas queda una contienda civil fratricida y una dura posguerra, que abordó con alguna que otra penuria. A Rosa siempre le gustó la literatura. Mi abuela Rosalía y ella leían El Quijote antes de dormir. Quiso ser bibliotecaria pero no pudo. Se hizo maestra. Se pagó la carrera cuando ya trabajaba, en una época dominada por el machismo, donde era muy difícil que una mujer pudiese destacar. Pero ella siguió a la suyo, con tenacidad y cierto complejo ante la figura de un hombre tan brillante como fue mi tío José Luis, médico recordado en Los Castros con una calle a su nombre, al que quería y respetaba profundamente. Rosa se casó tarde. Conoció a mi padre, Manuel -cuya vida merecería otro relato-, con cuarenta años. Él le ayudó a subir un baúl a su casa. Se casaron al año siguiente. Tuvo dos hijos y un intento y nos dio a los dos el mismo cariño y un amor sin límites.

Rosa Cereijo siguió leyendo. Oscar Wilde era uno de sus preferidos. No era una mujer de medias tintas. Siempre quiso entenderlo y disfrutarlo en su idioma. Y como su nivel de inglés no se lo permitía se fue a la Escuela de Idiomas a aprenderlo. Hizo los cuatro cursos, pero no la reválida, porque tenía que mejorar su fonética. No se podía permitir tres meses en Inglaterra. Trabajaba, tenía un marido y dos hijos. Pero cumplió su objetivo. Leyó a Wilde en inglés.

Rosa siempre hacía alguna referencia literaria en las comidas semanales que disfrutábamos con ella en el restaurante Basílico. A Michele le pedía la misma mesa. Allí se sentía como en casa. La última fue el pasado 8 de marzo, la última vez que Paula, mi mujer, a la que quería como la hija que nunca tuvo; Manu, su amadísimo nieto, y yo disfrutamos de una gratísima velada sin saber que no habría más. En los postres, y tras advertirnos de que el coronavirus no era una «gripecilla», se soltó con un pasaje de La vida es sueño de Calderón para cerrar un brindis, haciendo gala de una memoria portentosa para estar en su novena década de vida. Gracias mamá por todos esos momentos. Por tu inteligencia elegante, tu humor infalible, tu trabajo constante y tu calidad moral. Descansa. Nunca te olvidaremos.

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