Del balcón a la terraza, ¿ida y vuelta?

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CORONAVIRUS

A CORUÑA

ANGEL MANSO

En esta sociedad infantilizada en la que vivimos, nos tratamos a nosotros mismos como a los críos de dos años a los que debes dar una segunda, tercera (y alguna más) oportunidad

13 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

El lunes, como un clavo, salimos al balcón. Pero solo nos saludaba, desde enfrente, Adriana. Unos pisos más arriba, otra de las vecinas habituales. Y en nuestro edificio algún aplauso. Sin previo aviso (¿cómo avisar en tiempos de confinamiento, pensamos?) la música no sonó. El retaco, claro, no daba crédito. ¿Y Resistiré?, preguntaba. A nosotros se nos quedó una sensación extraña, como de ausencia. Por la música, claro, y también porque los rostros de los vecinos han sido estos meses un espejo de nuestros propios miedos, de nuestras ganas de normalidad, de nuestras preocupaciones. Y ahora esos rostros vuelven a ser desconocidos, estarán mezclados entre el resto de las personas que nos volvemos a cruzar, pero ya no serán los del quinto de enfrente, ni la señora del segundo, ni la pareja del tercero... Ya la semana pasada, fase cero, las ventanas se habían ido vaciando, al mismo tiempo que se llenaban las aceras. El domingo, tal vez intuyendo que esta semana ya no estaríamos en nuestra cita diaria, las ventanas estaban algo más concurridas. Tenía que pasar, claro, que en el primer, soleado, eufórico día 1 de la fase ídem, las ventanas se vaciasen: ya estaban llenas las terrazas. Hasta la bandera de risas, abrazos, cañas, tapas y demás familia. A las once de la noche del lunes, mi calle parecía instalada en un sábado cualquiera de un mes de agosto despreocupado, anterior a esta pandemia, un agosto en el que nos abrazábamos y rozábamos como si en este país no hubiesen muerto casi 27.000 personas y solo en el área sanitaria de Coruña tuviésemos que llorar a 160 fallecidos. Como si el camino de ida del balcón a la terraza no pudiese llevarnos de vuelta a la ventana si empezamos así.

En esta sociedad infantilizada en la que vivimos, nos tratamos a nosotros mismos como a los críos de dos años a los que debes dar una segunda, tercera (y alguna más) oportunidad: como no hemos entendido bien (no es que el BOE ayude...), como llevamos dos meses encerrados, como hace sol, como los locales están a dos velas, como la mascarilla me la dejé en casa, el primer día de esta desescalada en algunos puntos de la ciudad (mi calle, sin ir más lejos) se convirtió en un patio de colegio el día que empieza el curso, solo que en vez de niños los que se abrazaban eran los adultos, que burlaban la distancia de seguridad con la misma alegría con la que en el local iban tomando la acera. Veía a un señor abrazando a un colega en uno de esos abrazos apretados que querría regalar a mi padre cada día, pensaba en Tonecho, que aún no ha ido a ver su madre, en Sonia, que consulta cada duda para no saltarse ni una norma cuando por fin ha podido quedar con sus amigas. Con lo que nos gusta el sol aquí, me consta que ayer muchos nos alegramos de que las nubes aguasen la fiesta a tanto listo.