«Lavé mascarillas hasta deshacerlas»

Xosé Vázquez Gago
Xosé Gago A CORUÑA

A CORUÑA

ANGEL MANSO

Tras la muerte de un usuario por el virus y dos contagios entre el personal, los trabajadores de ayuda a domicilio exigen más información y medios de protección

23 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Cristina Boo conoció al único usuario del servicio de atención a domicilio que ha muerto por coronavirus. Ella es una de las tres cuidadoras que iban por turnos a su casa, para ayudarle a él y a su mujer, de 88 años, que le ha sobrevivido y está asintomática.

Ocurrió en marzo, el hombre había padecido del pulmón y del corazón, pero «estaba bien», recuerda Cristina. También «tenía miedo», porque seguía en la televisión el avance de la pandemia.

A pesar de ello, «salía a la calle». Cristina lo encontró un día en el portal y le montó «un lío». Quizá fue en una de esas salidas cuando se contagió. Al cabo de unos días, «enfermó». Le llevaron al hospital, pero el test dio negativo. Tuvo que volver a casa «medio moribundo», recuerda ella. Siguió deteriorándose y volvió a ingresar en el hospital. Esta vez la prueba sí dio positivo. Murió tras una semana. Su mujer, ingresada en la misma habitación, contempló sus últimos días.

Cristina lo describe como una situación «cruel». Ella y sus dos compañeras tuvieron que ponerse en cuarentena, ninguna dio positivo. Sí lo han dado otras dos trabajadoras, y una tercera tiene síntomas, y dos usuarios más, de los cuales uno se ha recuperado.

La incidencia del coronavirus

La cantidad real debe ser mucho mayor, señalan Cristina y María Morales, otra de las trabajadoras del servicio. Ambas son delegadas de UGT y han solicitado datos al Ayuntamiento del impacto de la pandemia en la plantilla, pero aún no se los han dado.

La incidencia tiene que ser más elevada, no solo porque no se hayan hecho test a la plantilla, a pesar del riesgo evidente que corren tanto ellas como los usuarios, sino porque las cifras antes mencionadas han sido recolectadas por las propias delegadas. Solo una de las tres concesionarias -Clece, la única con la que fue posible contactar ayer y que reiteró su compromiso con la salud de sus empleadas- les ha dado un informe. Dice que una de sus trabajadoras está infectada y otra lo estuvo y se ha recuperado.

Pero de Clece solo dependen 28 operarios de una plantilla que supera los 500 trabajadores, casi todas mujeres. Por lo tanto, sin datos más precisos, se desconoce el impacto real de la pandemia.

Las empleadas están preocupadas. Trabajan en un sector marcado por las denuncias de precariedad, e insisten en que la situación solo ha empeorado con el virus. Señalan que hay problemas puramente laborales, como la pérdida de vacaciones, cambios de horario imprevistos o que se pretenda dejar sin reconocer horas de trabajo a cuidadoras que han estado en servicios de guardia.

Pero también señalan dificultades con riesgo sanitario. Explican que se dan altas «en caliente», sin visitar antes los domicilios, y que las empleadas al llegar se han encontrado «de todo, incluso ratas», cuenta Morales.

Afirman que apenas se ha dado formación específica, y que faltan equipos de protección. Algunos de los que usan fueron cedidos por el Ayuntamiento. Pero Cristina Boo señala que ha utilizado durante «semanas» un paquete de mascarillas quirúrgicas, «que duran ocho horas», lavándolas con alcohol. Cuenta que otras compañeras compraron equipos a conocidos, como un mecánico, a cuatro euros la unidad. Sin esos medios, avisa Morales, «somos vehículos de contaminación».