Confinados en el Gurugú

Aquí donde «soñou» Luisa Villalta, el aplauso a los sanitarios tiene doble motivación


A Coruña

«Nesta casa viviu e soñou a poeta Luisa Villalta». Esto empieza diciendo la placa de piedra que está dos casas más abajo. Es un homenaje a la escritora y profesora del instituto de Sada fallecida en el 2004. Desde mi ventana no se ve la placa, aunque sí las vidas, y a veces los sueños, de vecinos de la Falperra. Para muchos este barrio es el del Gurugú, nombre tomado del monte de Marruecos desde el que se domina Melilla. En 1909 las tropas españolas sufrieron allí, en el Barranco del Lobo, una severa derrota a manos de los rifeños de Abd el-Krim. Ahora es refugio de los inmigrantes ilegales que están allí emboscados durante un tiempo antes de intentar cruzar a España. El ingenio de algún vecino de la Falperra bautizando el barrio como el Gurugú, por sus empinadas calles, caló en una zona donde ahora también estamos confinados a la espera de cruzar la frontera del coronavirus.

 «En esta casa trabajamos todos», comenta una de las vecinas del edificio. Ella y otra residente tienen una tienda de alimentación para mascotas. Con tanto paseo, a los animales hay que alimentarlos incluso más que antes. La pareja de dicha vecina trabaja en un taller de camiones y sigue saliendo cada mañana a la calle. A veces se cruza en el portal con el repartidor de La Voz de Galicia. Para ninguno de ellos es posible el teletrabajo. Tampoco para otro vecino que es pintor: «Estos días estamos dos en un local grande y no tenemos problemas con las distancias», decía en los primeros días del confinamiento. Él es de los que sale a diario a aplaudir a los sanitarios por lo de ahora y por lo de antes: una noche sufrió un fuerte infarto y gracias a la rápida intervención de la ambulancia y al personal del Chuac salió adelante. Sus aplausos tienen doble motivación.

En el Gurugú, a la cita de las ocho acude hasta el perro de una de las más de 40 viviendas que forman la manzana de enfrente: se asoma con su dueña y apoya con las patas en la ventana, como si fuera a aplaudir. Desde otro piso le cuentan a alguien cómo va lo de los aplausos haciendo un barrido con el teléfono: son un par de personas a las que el ordenador -¿teletrabajo?- les ocupa gran parte de la jornada.

«Aquí as súas mans modelaron a língua, os sons, o que habita no outro lado da música, na poesía», concluye la placa de Luisa Villalta.

La mayor parte del tiempo el sonido que manda es el del silencio, ese que trae cada noche a Manuel. Es un mendigo que lleva tiempo durmiendo en la entrada del garaje, sin uso, aunque para ello tenga que subir desde Cuatro Caminos hasta el Gurugú. Él también lleva años confinado... en la calle.

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