Después de pensar que no iba a salir de China, hacer chistes y decir que era «como una simple gripe», encontramos el argumento perfecto para seguir con la fantasía de la eterna juventud: solo afectaba a la gente mayor
27 mar 2020 . Actualizado a las 16:15 h.Diariamente hago el trayecto A Coruña-Sabón para ir a trabajar. Desde que se decretaron las medidas extraordinarias del estado de alarma se ha convertido en una travesía por la pena. Por el día, peatones aislados deambulando con sus recados. Por la noche, un vacío fantasmal que tiene su pico delirante cuando en la entrada a Baños de Arteixo surge un letrero luminoso. Dice: «Prohibidos los viajes no autorizados». Brotan escalofríos. ¿Qué es esto? ¿Una película? No, la cruda realidad.
El pasado domingo, al ir para el polígono, me tropecé con otra escena de película. Un señor muy mayor, encorvado y tapado con una mascarilla, empujaba a una mujer en silla de ruedas por la avenida de los Mallos. Lo hacía con un esfuerzo casi épico, poco a poco y con el viento golpeándole en la cara. Ella también llevaba el rostro tapado y una manta gris sobre las piernas. Dudo que estuvieran dando un paseo, desafiando las normas. La imagen tenía un punto de drama y convicción que solo puede dar la mezcla de lo terrible y el amor que puede con cualquier cosa. Viéndola sentí vértigo, congoja y pena, mucha pena. También, vergüenza.
De pronto, esa fotografía me llevó al inicio de todo. Una de las cosas más penosas de esta crisis del coronavirus se produjo justo en los primeros días. Después de pensar que el bicho no iba a salir de China, después de hacer chistes de todos los colores y después de decir que era «como una simple gripe», encontramos el argumento perfecto: solo afectaba a la gente mayor. Sí, este virus no iba a destruir a la gente de 20 ni 40 años, las víctimas serían «los viejos». Aquello recordaba a los tiempos en los que había un atentado y se le quitaba peso diciendo que solo habían muerto policías en él. Pues ahora esta sociedad idiotizada con la fantasía de la eterna juventud y que se pone de perfil cuando se trata de hablar de cuidados -y de arrugas, reumas y demencias, algunos también de chupetes, llantos infantiles y pises- se ha visto a salvo por unos días para seguir tomando cañas y sintiéndose inmortales. No sé en qué momento hemos aceptado eso como normal. O, sin aceptarlo explícitamente, no hemos dicho nada. Pero se trata de algo que nos debería ruborizar al mirarnos al espejo (y comprobar, de paso, que tampoco tenemos la piel tan tersa ya y que nos dirigimos más hacia la vejez que a la juventud).
Observando a aquella pareja parada en el semáforo pensé que, por su edad, ambos tuvieron que vivir la posguerra y sus penurias. Quizá también la emigración. Luego, las sucesivas crisis y todas las dificultades de una vida, seguramente, mucho más dura que la nuestra. Todo para sentir que forman parte de una sociedad tan cruel que es capaz de decir sin pestañear que tampoco es para alarmarse, que el coronavirus solo puede fulminar a la gente como ellos, dándole igual que lo escuchen.