También esto pasará

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa CORONAVIRUS

A CORUÑA

Marcos Míguez

Nos han quitado la droga que nos hace más felices, que no es otra cosa que pasear sin rumbo por A Coruña, solos o acompañados

17 mar 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Si uno cruza A Coruña durante estos días de confinamiento colectivo sentirá cómo una extraña sensación se apodera de su columna vertebral. Es difícil de describir sin echar mano de lo imaginario (la distopía, el consabido apocalipsis zombi, la invasión de los ultracuerpos y demás escenarios de ciencia ficción). A Coruña, como la Tierra entera, está desolada. No la reconocemos ni quienes más intensamente la queremos. Tal vez por eso que dijo alguien muy sabio de que se puede amar a alguien absolutamente sin acabar de comprenderlo en absoluto. Con la ciudad a veces nos pasa eso: no la entendemos del todo, pero la seguimos adorando igual. Incluso más. Es lo que sucede ahora: la vemos postrada, noqueada, zarandeada, no sabemos qué pasa por su cabeza, pero la amamos sin control, de una forma desmedida.

Nos han quitado la droga que nos hace más felices, que no es otra cosa que pasear sin rumbo por A Coruña, solos o acompañados, y tenemos que consolarnos con la memoria de nuestras caminatas por cualquier barrio, por cualquier acera de una esquina sin importancia de la ciudad. Así que nos ponemos el vídeo inacabable de los miles de kilómetros que habremos caminado por A Coruña y ya se nos pasa un poco el mono. Es lo que tiene ser adicto a tu ciudad.

A pesar de todo, mientras uno sale cinco minutos de su encierro y se apura entre recado y recado, de la panadería a la botica y vuelta a casa o al trabajo, se va tropezando con pequeñas iluminaciones en medio de tanta desesperanza. Son epifanías diminutas, subidones de bolsillo que al menos sirven para ir tirando, que como nos han enseñado nuestros mayores es de lo que se trata. Son episodios minúsculos, como escuchar las campanas de las iglesias de la Ciudad Vieja, que siguen tañendo aunque casi nadie atienda a su llamada, más que nada porque han sonado durante siglos sin que ni siquiera las guerras o la peste consiguieran hacerlas callar.

Ya digo que son emociones domésticas, todas ellas vinculadas a esa rutina de la que a menudo renegamos y que estos días tanto echamos de menos (lo que daríamos ahora por un buen atasco veraniego en Alfonso Molina). Será una bobada, pero me reconforta ver la sonrisa indestructible de la cajera del súper. O el rostro serio del conductor del 7, que atraviesa la ciudad al volante de un vehículo vacío y triste como un cuadro de Hopper. Ellos, como la farmacéutica, el panadero o el personal de la Cocina Económica, del ambulatorio o de nuestro idolatrado Chuac, forman parte de ese colosal pelotón de héroes de lo cotidiano que nos recuerdan que existe una sociedad ejemplar y que, justo por eso, también esto pasará.