Ya no hay quien pierda el bus

Aún hay incautos que creen que perder el bus es fácil. Se imaginan que todos los días hay gente que pierde el bus sin el mínimo esfuerzo. Como si para perder el bus bastase con llegar tarde a la parada. Eso sucedía cuando éramos analógicos.

AUTOBUS URBANO 1A ABENTE - A PASAXE  BUS
AUTOBUS URBANO 1A ABENTE - A PASAXE BUS

Perder el bus es un asunto que no puede improvisarse. Perder el bus es una vocación. Una forma de vida. Una manera de estar en el mundo. Perder el bus, perderlo con entrega, profesionalidad y elegancia absolutas, como si nos fuese en ello algo más que ese sabor a sangre en los labios que aportan la derrota en el juego y el deporte, es una de las bellas artes, y merecería estar colgada en un museo, como las carnes felices de Rubens o los perros adormilados de Velázquez.

No se puede perder el bus sin más ni más. Con desgana, como sin querer. Para asomarse a la marquesina y ver cómo el autocar de la Compañía de Tranvías arranca impasible y lo deja a uno en tierra, hay que tener algo más que clase. Se requieren años de entrenamiento. De madrugones e intentos frustrados. Porque la maniobra no siempre sale bien y, a veces, uno acaba por subirse al 7 sin haberlo pretendido, confiando en que la Millennium estuviese sin un céntimo y apostando todo su desprestigio a esa baza última de ver cómo en la pantalla del lector de tarjetas asoma el consabido «saldo insuficiente», para luego aceptar con resignación el ultimátum del busero tras revisar él mismo -como si fuese un VAR reservado a buseros de élite- la lectura del artilugio:

-Saldo insuficiente. Lo siento. Tiene que bajarse.

Hay días en que ni recurriendo a esta última bala de la recámara consigue uno perder el bus. En ocasiones, subes entregado a la expulsión por parte del siempre compasivo conductor y, zas, aparecen unos inesperados 77 céntimos en la Millennium. Y entonces escuchas cómo se cierran las puertas con ese silbido único y piensas que debe de ser algo muy parecido a escuchar desde dentro cómo se cierra la tapa del ataúd.

Aún hay incautos que creen que perder el bus es fácil. Se imaginan que todos los días hay gente que pierde el bus sin el mínimo esfuerzo. Como si para perder el bus bastase con llegar tarde a la parada. Eso sucedía cuando éramos analógicos. Pero desde que la Compañía de Tranvías ha puesto en nuestro bolsillo más tecnología que la que usó la NASA para llegar a la Luna, las aplicaciones han convertido algo tan sencillo como perder el bus en una epopeya propia de otra era geológica. Perder el bus ya ni siquiera vale como excusa para llegar tarde.

-Lo siento, es que he perdido el bus.

-Paparruchas. ¿No tienes móvil o qué?

Creo que a veces jugamos a hacer temblar los pilares de la civilización. Porque uno empieza por olvidar cómo se pierde un bus y puede acabar por no entender que la existencia consiste, básicamente, en ir perdiendo cosas. Partidos, guerras, parejas, buses, columnas, libros y así todo el rato.

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