Luz de enero

Nuestros abuelos, al menos los que vivían en el campo o en la periferia urbana, acostumbraban a llevar en el bolsillo una pequeña navaja


Nuestros abuelos, al menos los que vivían en el campo o en la periferia urbana, acostumbraban a llevar en el bolsillo una pequeña navaja. No era una de esas de facas automáticas con las que nos daban el palo los domingos por la tarde a los niños de los ochenta -qué tiempos-, ni siquiera una de esas multiusos del Ejército suizo que llevábamos a las excursiones como si subir al monte Xalo se pudiese convertir en algún momento en una cuestión de supervivencia y hubiese alguna posibilidad de que nos tuviésemos que zurcir un costurón en el bíceps como un Sylvester Stallone suburbial haciendo de Rambo a la sombra del Petón. Para nada. La navaja de los abuelos no era suiza, sino de Albacete, y nuestros mayores siempre estaban dispuestos a desenfundarla para apretar la tuerca de las gafas, pelar una manzana o afilar un lápiz. Su filo resplandeciente era lo más parecido a los inventos del inspector Gadget que habíamos visto en el barrio.

Nos quedamos con la duda de si aquella navaja doméstica y entrañable también hubiese servido para hacer frente a los atracadores habituales del domingo por la tarde, que eran ya como de la familia y te esperaban en la acera del Cantón Grande en horario de oficina, dispuestos a limpiarte la paga y despedirte sin un rasguño siempre que te dejases robar con una sonrisa de resignación.

Ya no recuerdo la última vez que vi a alguien afilar un lápiz con una navaja. Supongo que fue a mi amigo Juancho Martínez, que en la Redacción siempre usaba lápiz porque los sabios tienen claro que es mucho mejor borrar que tachar, aunque solo sea por una cuestión puramente estética. Juancho se nos ha jubilado y ahora afila sus lápices en Vixoi, mientras sus cadelos observan entre bostezos cómo saltan las virutas y el grafito queda preparado para tomar las medidas de un mueble de castaño o de una carta náutica del siglo XVII. Porque dentro de un lápiz hay incontables mundos aguardando a que alguien los descubra. En el interior de un humilde HB lo mismo permanece a la espera una novela de 600 páginas que el pedido del Gadis. Es la polivalencia de lo analógico.

Me he acordado estos días de las navajas y los lápices paseando por A Coruña. No por nada, sino por esa luz desmedida que se derrumba sobre la ciudad en enero. Se habla mucho de la luz de agosto -la culpa es de Faulkner y de Amanece que no es poco-, pero no se habla nada de la luz de enero, que en A Coruña es mucho más salvaje y desproporcionada que la de agosto. Esta luz de enero, que cae desde un sol parapetado en un ángulo inquietante, es una luz oblicua, que talla unas sombras larguísimas y chinescas. A mí me parece que es la luz que saldría si sentásemos sobre el sol al abuelo para que fuese afilando sus rayos con una pequeña navaja de pelar manzanas o galaxias.

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