Un gran arquitecto y, por encima de todo, una gran persona

Rodeado de amigos, su estudio y su familia centraron toda su vida


Aunque estoy a muchos kilómetros de distancia de Galicia, la muerte de Andrés Fernández-Albalat Lois (1924-2019) la he sentido profundamente. No sabría definirlo. Siempre me pareció un arquitecto de otra época que abrazó en una tierra como Galicia desde los años sesenta a los arquitectos del movimiento moderno. En su obra está Mies van der Rohe, pero está también Le Corbusier con sus bloque de viviendas y su propuesta exploratoria de la Ciudad de las Rías.

Más allá de sus propuestas arquitectónicas estaba la persona que te llamaba todos los años el día de tu santo. Su agenda encerraba un montón de amigos con los que aprovechaba para hablar de todo. Conmigo hablaba de ingeniería y de sus experiencias de proyecto sobre las unidades vecinales de Elviña.

Compartí varios viajes con él cuando trabajamos en la rehabilitación del castillo de Monterrei. Él no conducía pero era un placer viajar con él, y entresacarle sus recuerdos.

Gracias a Andrés entré en el Instituto Cornide de Estudios Coruñeses. Creo que por encima de su arquitectura estaba su persona. A pesar de ser un gran arquitecto supo adaptarse a la personalidad de Isaac Díaz Pardo para crear los edificios de Sargadelos y el Castro de Sada. Su obra va a permanecer, pero por encima de ella permanecerá su persona.

Cuando hablé con su hijo Andrés para visitarle hace una semana y regalarle el último libro que he escrito, me dijo que seguía bajando por la mañana al estudio. Este era su vida, el lugar en el que tenía sus libros y su biblioteca de proyectos. El estudio era su vida junto con su familia, y este es el mejor recuerdo de un arquitecto que dedicó a su estudio su vida.

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