Hasta el moño del «Navidoño»

La Navidad cada vez empieza antes


Vivimos en la anticipación precoz y con tal nivel de ansiedad que la Navidad cada vez empieza antes. Cuando estás en agosto, tranquilita en tus vacaciones, tumbada en la playa, ya empiezas a ver repartidores de lotería para que no se te escape la suerte de diciembre estés donde estés. Y la suerte que tenemos últimamente es que el cambio climático lo estamos generando nosotros en los centros comerciales. Porque cuando estás en pleno 31 de octubre, con los disfraces de Halloween de los niños, y aún no han llegado los Difuntos, ya suenan los villancicos de Navidad. Beben y vuelven a beber los peces en este río de agotador de luces y bolas en el que el turrón cada año llega antes. Ya hay quien se anima a mostrar en Instagram fotos en la piscina con el Suchard en la mano en una cuenta atrás que se adelanta tanto en el tiempo que cuando entramos en los festivos y Papá Noel asoma, ya estamos agotados de ver tanto escaparate luminoso.

Y mira que me gusta la Navidad, que se adorne Coruña con vatios de potencia, sin llegar al chonismo friki, pero con todo el gusto y esplendor de darle color a una época que cuando yo era niña venía concentrada en un mes, en unas semanas concretas, en las que todo el entorno daba la vuelta. Por eso se hacía tan brillante y tan necesaria entonces. Ese equilibrio te llevaba a cumplir con cada temporada. Porque en agosto tomabas helados, en noviembre, las castañas, y en Navidad, el turrón. Pero ahora el chiste es hacer que el tiempo en el que vives no se parezca en nada al que toca; en un batiburrillo de estaciones en las que cuesta cada vez más cambiar el armario. Al otoño caluroso le llamamos veroño, y este otoño que se llena de nieve y de luces en los comercios es un Navidoño que se extiende exageradamente. Y así nos hemos quedado atrapados en una ruleta de estaciones que se superponen con la misma rapidez con las que se nos agotan las fuerzas para darles sentido.

Porque esto se nos ha ido de las manos y, de la misma forma que cada semana nos cambian la ropa en los comercios, y quieres que en primavera sea verano, y en verano, que sea otoño, y en otoño que sea invierno, nos hemos hecho a esta aceleración supersónica de querer estar siempre en el futuro. Nada de saborear con calma el presente ni disfrutar paso a paso. Y así el Black Friday del último fin de semana de noviembre va camino de convertirse en el auténtico día de Reyes, porque nos gusta tenerlo todo ya. Rápido y cuanto antes. Y dentro de nada nos comeremos también el pavo de Acción de Gracias, y sumaremos otro festivo made in EE. UU. a este mes descafeinado, para vivir en una Navidad permanente. Porque hay un sector encantado con esta excitación que pronto pedirá que, por favor, nadie apague las luces.

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