El olor de las zapatillas de ballet


Uno de los olores más especiales de mi infancia es el de las zapatillas de ballet. Imposible de explicar, pero tan característico. Abrir una bolsa de zapatillas de piel o lona, cuando eras más pequeña, y una caja con tus primeras puntas, cuando eras algo mayor, tenía algo de ceremonia que probablemente compartirán las miles de niñas que en esta ciudad, y en todas, en realidad, hayan estrenado puntas alguna vez. Habría más marcas, pero recuerdo especialmente las Capezio en su caja negra, y aquel satén rosa tan delicado que hacía imposible pensar en que te destrozarían los pies.

Si hoy tuviese que comprar unas zapatillas, sería tan sencillo como entrar en Amazon o en las versiones digitales de tiendas tan míticas en este país como Maty o Menkes. Hay docenas de opciones. Pero en los años ochenta todo esto era ciencia ficción: nuestras zapatillas y el resto de la ropa de ballet salían de La Camelia. Durante un tiempo, tuvo una sucursal en la calle Real de Ferrol. Luego cerró, y los tutús y las puntas llegaban desde la tienda de la calle San Andrés.

Cierra La Camelia este mes en el que la Compañía Nacional de Danza ha venido a anunciar que en noviembre estará en la ciudad. Repasando fechas, aparecen solo dos actuaciones más en A Coruña: una en el 95, con Nacho Duato al frente, y otra en el 88, cuando aún se llamaba Ballet Lírico Nacional y lo dirigía la legendaria Maya Plisetskaya. En diciembre de aquel año, la Plisetskaya bailó Isadora en el Teatro Colón. Tenía 63 años, y contaba La Voz aquellos días que la acompañaban en el escenario diez niñas de la escuela del ballet Rey de Viana. Tenían entre 9 y 12 años... ¿Cuántas bailarían aquellas dos noches con zapatillas compradas en La Camelia? Qué envidia, pensábamos, sin entender todavía demasiado bien lo que significaba compartir escenario con una leyenda. Aquel primer día de diciembre del 88, el Ballet Lírico Nacional iniciaba una gira por España. Escribía Julio Andrade Malde en estas páginas que «la actuación de la Plisetskaya provocó uno de los mayores clamores que se han escuchado en nuestro Colón».

De A Coruña pasaron a Ferrol, a aquel Teatro Jofre que se caía de viejo y en el que Maya Plisetskaya bailó La muerte del cisne. Han pasado casi 31 años y recuerdo aquel momento con la misma emoción nerviosa. Sus brazos, su musicalidad, su talento, eran prodigiosos. Las niñas que fuimos a verla en el Colón y en el Jofre aquel mes de diciembre tendríamos clase de ballet al día siguiente. Y probablemente nuestras zapatillas habrían salido de las mismas estanterías de la calle San Andrés. Menos mal que la memoria no desaparece cuando cae el telón o echa el cierre una tienda.

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