Peatón: un oficio de alto riesgo


Ser peatón, peatón vocacional, de los que no tenemos ni siquiera carné de conducir y vamos por Coruña adelante con la tarjeta Millennium colgada del cuello, se está convirtiendo en una profesión de alto riesgo.

Hay un chiste de Eugenio que resume a la perfección esa zozobra en la que vivimos los andarines. Un paisano llega arrastrándose al ambulatorio, hecho un rastrojo humano, y cuando el médico de guardia le pregunta qué le ha pasado, el vapuleado hombrecillo le contesta:

-Pues yo iba caminando tranquilamente por la calle y, de pronto, me arrolla una moto con sidecar. Ya me estaba levantando y, zas, dos caballos desbocados me pasan por encima. Entonces, aún aturdido, me pongo en pie y aparece un camión de bomberos a toda velocidad y me estampa contra un semáforo...

-Qué barbaridad.

-Pues menos mal que pararon el tiovivo, porque me estaba a punto de rematar una ballena en vuelo rasante.

Así nos sentimos un poco los peatones coruñeses, como si el carrusel de Eugenio fuese a atacarnos por sorpresa con sus coches de fórmula 1 lanzados a todo gas mientras deambulamos distraídos por el paseo.

Porque, con esto de la modernidad, andar a pelo por una acera, sin casco ni nada, es como subirse a la cuerda floja del circo e intentar no descerebrarse contra la bañera llena de cocodrilos que espera nuestra caída en la pista central.

Yo mismo, sin ir más lejos, estuve este verano a punto de escribir mi propio obituario dos o tres veces. Y no será porque no piense que las necrológicas, como dice Javier Gomá, son «un género de primerísimo orden o quizá la única ontología posible». Soy un devoto de los obituarios, pero sobre todo de los ajenos. Porque escribir -y ya no digamos leer- las propias honras fúnebres es un placer que prefiero ceder a otros columnistas.

Por eso, a pesar de los mil y un riesgos padecidos, decidí sobrevivir al verano, aunque, como el protagonista del chiste de Eugenio, varias mañanas tuve que ir a gatas desde el Orzán al San José tras intentar -en vano- esquivar en el paseo marítimo el desfile interminable de patinetes eléctricos, ciclistas, segways -¿todavía se llaman así?-, turistas armados hasta los dientes con sonoras maletas de ruedines, bebedores de café para llevar (teikagüéi, lo llaman en la plaza de Lugo), lamedores de helado, runners (goteando sudor por sus torsos desnudos a la orilla del mar como si hubiesen salido de un anuncio de Fa), skaters, surferos, kitesurferos y otros saltimbanquis.

Menos mal que, de vez en cuando, alguien para el tiovivo de Eugenio y por un instante, sobre el paso de cebra, peatones y automovilistas nos miramos reconciliados después de tantos años de matrimonio mal avenido.

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