La operación salida de las pichonetas

Estas pardelas pasan frente a nuestra costa rumbo a los mares del sur


Hoy el viento parece un poco chiflado. Es como si llegase con urgencia desde mar adentro para buscar algo que no debería haber perdido. Sus ráfagas van y vienen sobre las rocas, el tojo y el brezo revolviendo el paisaje. Su voz da órdenes contradictorias, aúlla con impaciencia, calla un instante para permitirse una reflexión, se arranca con un conjuro inútil, maldice varias veces y de repente se pone a cantar.

Sentado en mitad de la barahúnda, permanezco tan quieto como puedo, aferrado a mi telescopio con una mano y a su trípode con la otra, con el ojo izquierdo adherido a su ocular y el derecho más guiñado que el de Popeye. A través del tubo repleto de mágicas lentes, contemplo el más allá.

Es un más allá físico, real: lo que observo con tanta obstinación es la mitad del océano más alejada de esta costa de San Pedro, revuelta en su cabalgada hasta aquí por el mismo aire que luego me revuelve el cabello, poblada por efímeros borreguillos y atravesada esta mañana por sucesivos grupos de pardelas pichonetas.

Desde las islas británicas

Han salido hace no muchas horas de sus nutridas colonias en las costas de Gales, Irlanda o Escocia. O quizá, de alguna de las demás que tienen, ya algo menores, en otros rincones de esta orilla nordeste del Atlántico. Algunas de las más jóvenes, nacidas esta primavera en nidos construidos en el interior de huras excavadas en laderas de islas e islotes, vuelan desde hace muy poco. De hecho, a estas alturas de septiembre aún hay muchas que todavía no se han animado a abandonar su hogar.

Sus dorsos son negros como el carbón, sus partes inferiores blancas como la nieve. Avanzan con una sucesión de rápidos aleteos y breves planeos, sorteando a muy baja altura las olas para deslizarse sobre los rizos de aire salado que se forman entre ellas.

Las bandadas más numerosas parecen bailar a la vez que vuelan. Desde esta distancia, el brillo repentino de sus vientres, sus arcos con las alas muy extendidas, su desaparición entre el azul para de nuevo surgir como oscuras siluetas sincronizadas en exactamente la misma velocidad, logran mantenerme casi hipnotizado.

A Argentina, Uruguay...

Su destino son sobre todo las ricas aguas oceánicas que se extienden frente a tres países: Argentina, Uruguay y Brasil. Llegarán allí dentro de muy pocas semanas, y no regresarán al norte hasta febrero.

O sea, que ahora mismo están en plena operación salida de vacaciones. Los adultos aprovecharán para descansar de los largos meses de responsabilidad familiar. Los jóvenes, para aprender mucho. Si les va bien, llegarán a cumplir más de 50 años. Alguien ha calculado cuántos kilómetros de mar puede haber llegado a volar en su vida una de estas aves: más de cinco millones. Varios de ellos los recorren, cada año, frente a este litoral nuestro.

Operación retorno

En su viaje de regreso, las pardelas pichonetas vuelan frente a las costas de América para, una vez alcanzada esta latitud, cruzar todo el Atlántico norte hacia sus colonias europeas.

Miles y miles

Cada otoño pasan frente a esta costa, a menudo demasiado lejos para ser vistas desde tierra, verdaderas multitudes de pichonetas. Desde el cabo de Estaca de Bares he llegado a contar hasta 60.000 en un solo día.

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