La bruma insensata sobre A Coruña

Luís Pousa CORUÑESAS

A CORUÑA

ANGEL MANSO

Y si un repartidor de citas para escritores desconocidos me interrogase sobre la posibilidad de que también sintiese que me pertenece el asfalto de A Coruña, le contestaría sin duda que sí, que siento que cada bache, cada grumo, cada centímetro del asfalto de esta ciudad es mío y solo mío.

06 ago 2019 . Actualizado a las 05:00 h.

Como en todos sus libros, en la última novela de Enrique Vila-Matas hay varios momentos gloriosos, eso que Joyce o Rimbaud -o los dos, ya no me acuerdo, y no me voy a levantar a mirar en la biblioteca y, por supuesto, no pienso guglear a la caza de James y Arthur en Internet- definieron como epifanías o iluminaciones.

Asistimos a una de estas epifanías cuando, en la página 136 de Esta bruma insensata, el autor recuerda a Georges Perec: «La introducción en lo que escribo de algo escrito por otro no ha de ser vista como un acto reflejo, sino consciente, como un firme paso para ir más allá de ese punto del que parto y que fue el punto de llegada de otro». O cuando, cultivando ese recién inaugurado arte de las citas (la literatura es, a fin de cuentas, una enorme casa de citas), asegura que Ramona Parker, en El Pasaporte apunta una frase que podría suscribir yo mismo: «Uno sale de una gran dificultad para entrar en una ferretería, lo que complica todavía más las cosas». A quién no le ha pasado esto en una ferretería.

Pero el instante para mí más hermoso de Esta insensata bruma llega en la página 183, cuando el hokusai o distribuidor de citas Simon Schneider está hablando con su adorada tía Victoria sobre Barcelona, que pasa entonces, octubre del 2017, por uno de los otoños más convulsos de su pasado reciente: