En todas las playas existen pequeños microclimas y rincones refugio. En la de Riazor hay uno muy especial en las rocas que están al lado de las Esclavas y que dibujan una suerte de calita. Es una zona frecuentada por los verdaderos profesionales de la playa. Esos hombres de piel curtida que llevan la silla metálica para pasar el día en las escaleras incrustadas en la roca, jugando a las cartas con los amigos. Esas mujeres que van solas con el tiempo exacto para darse un baño de sol, otro de agua, uno más de sol para secar y vuelta al trabajo. Todos eligen este área que es casi suya, ya que apenas la frecuentan los bañistas ocasionales, más propensos a las grandes y populosas planicies de arena.
En esa parte de la playa se da por las mañanas, cuando la marea está baja, una de las escenas más míticas de la infancia de (casi) todo coruñés: niños con trueiros entre las rocas. Allí a la caza de cangrejos, camarones o cualquier pececillo despistado pueden pasar horas y horas a pleno sol. Los profesionales de la playa asesoran: «Cuidado con esa roca que tiene algas y resbala», advierte una señora que sigue charlando con sus amigas sin perder de vista al crío, por si no lo hace caso. «Hay que meter un palo por debajo y agitar para que salgan los cangrejos», dice al abuelo de uno de los pequeños pescadores.
Ahora los tiempos han cambiado. Las multinacionales de ropa deportiva ofrecen equipos baratos para hacerlo todo mucho más llevadero. En los ochenta los niños se la jugaban descalzos, notando cómo rascaba (y lastimaba) la piedra en los pies y con un trueiro rígido. En el 2019 llevan escarpines, esas zapatillas de goma que proteger todo el pie y agarran a la roca. Además, los trueiros son telescópicos y se adecúan a la longitud que uno prefiera. Según me informa la madre de uno de los caza-cangrejos, hay packs de trueiro con un cubo que interiormente se puede dividir en tres partes para así clasificar las especies.
Así transcurre la mañana en esa esquinita de Riazor, con el mar tranquilo. La calma solo la altera la emoción de los niños. «¡Este cangrejo es venenoso!», grita uno que identifica el color negro con el mal. «¡Mira ahí, el transparente!», señala otro. Llega un momento en el que hacen el árbol genealógico de los cangrejos, con padres, hijos y primos. Intentan atraparlos, pero los pequeños crustáceos son demasiado rápidos y escurridizos para sus reflejos. El cubo compartimentado de los pequeños apenas alberga unas crías de camarón. Y algas. «Son para que se las coman» .
Ante eso a uno le entra una sensación de paz. También la nostalgia. Pero ojo, la de lo no vivido. Porque, en efecto, debo ser el único coruñés que no tuvo trueiro de niño. Y, observando la cara de emoción de los críos, me da que me he perdido mucho.