La jornada electoral se vivió con normalidad en las 300 mesas repartidas por todos los barrios
26 may 2019 . Actualizado a las 22:58 h.Se votó como Dios manda. Sin más incidencias que las que podría haber en una aldea de ocho casas. No llegó la sangre al río cuando en varios colegios se encontraron papeletas de La Marea rajadas, ni cuando algunos apoderados de esta formación tuvieron que darle la vuelta a la credencial por llevar en el pecho la foto del candidato, algo que no se puede hacer y así se lo recordó la junta electoral.
En un día primaveral en el que solo los más frioleros aguantaban el jersey, los coruñeses acudieron a las urnas como siempre, la mayoría a la hora del vermú y muchos dejando el coche en doble fila delante del colegio. Nada nuevo bajo el sol.
El domingo es día de dormir hasta tarde y que ayer fuese jornada electoral no cambió la costumbre. Las 300 mesas de la ciudad se abrieron sin retrasos importantes y a las 900 personas que les tocó estar frente a ellas se las vio cruzadas de brazos durante las primeras horas. Contaba la dueña de un bar frente al Fórum, donde unas elecciones engordan la caja como cuando juega el Dépor, que en las generales de hace un mes ya había agotado dos tortillas al mediodía y ayer a esa hora nadie le había hincado el diente ni a la primera.
De muy mañana, lo que más se vio por los colegios fue gente en chándal, de los que salen a correr. Y mayores, que se levantan a las siete u ocho de la mañana ya sea miércoles como domingo.
Pero llegó la hora del vermú y cuanto más bajaban las botellas, más subían las papeletas en las urnas, y las tortillas frente al Fórum volaron. «¿Te tocó votar aquí?», le preguntó un vecino a otro a las puertas del colegio electoral de la Sagrada Familia. «No, me va a tocar en Argentina, no te j...», le contestó irónico el otro.
Muy cerca de ahí, en la mesa del centro cívico de la Sagrada, ejerció su derecho Luis García, un almeriense que va en silla de ruedas y le sacaron las urnas a la puerta para poder votar. Un hombre que vivió por toda España, votó por primera vez en A Coruña y avisa: «Después de recorrer el mundo y conocer gente de todas partes, el que hable mal de un gallego se las va a tener que ver conmigo». O con Emilio, que a sus 94 años acudió a San Diego a votar porque desde que pudo, no se perdió un comicio. «Solo cambié dos veces de partido», dice.
Eso sí, los coruñeses tenemos una manía. El domingo a la hora de comer nos encuevamos. Desaparecemos. Los centros electorales y los bares se vacían. En una mesa de O Castrillón nadie metió su voto entre las tres y las cuatro de la tarde. A esa hora, los candidatos ya habían votado. La primera fue Mónica Martínez que votó en su colegio de Oleiros y después acompañó a su número dos al Hogar de Santa Margarita. A las once, en O Castrillón, entrando y a la izquierda, lo hizo Francisco Jorquera, acompañado de Avia Veira. Cerca de allí, en San Diego, lo hizo el alcalde, con un hombre haciendo cola en la mesa de al lado gritándole: «Xulio, imos gañar». Ya al mediodía votó Beatriz Mato en María Pita y media hora después lo hizo Inés Rey en Zalaeta. Todos ellos, con discursos tan esperados como preparados, llamando a la participación y convencidos de ganar.
A partir de las seis de la tarde y hasta el cierre de los colegios volvió el ajetreo a las mesas. La mayoría, gente joven que se despertó a la hora de comer, los que pasaron el día en el campo y la playa y los que volvían de la aldea con los grelos y las nabizas saliéndoles por las ventanas del coche. En cuanto cerraron los colegios, los políticos en contienda se fueron a esperar.