«Parasite», una desafiante rebelión de la servidumbre

Bong Joon-ho se suma a Tarantino en el crescendo de rivales de Almodóvar

Además del presidente de Vodafone España, acudió el consejero de Ericcson, entre otros
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cannes / e. la voz

Si el nivel de este festival era alto pero sin desafíos creíbles frente al favoritismo aplastante y monótono de Almodóvar, ha tenido que llegar un genio del cine disruptivo como Quentin Tarantino para convulsionar la Croisette y hacer que el paso de su película defina ya otro escenario, otro festival posible y mejor. El estado de conmoción en que te deja Érase una vez en Holywood -supongo que algo parecido vivieron los primeros espectadores que en plena Depresión descubrieron Qué bello es vivir como obra maestra de la emotividad- ha abierto las compuertas del entusiasmo.

Y por ahí se ha colado ya el coreano Bong Joon-ho, autor de talento intenso y vertiginoso -recuerden The Host, Ojka o Snowpiercer- y con Parasite nos propone otro desafío proteico a la sumisión al triste o macabro destino. Su película se va abriendo como desafiante ascenso desde las sentinas de una Corea del Sur perfilada como coto de clase, sin ascensores sociales alcanzables. Una familia se subleva ante esa vida contemplada desde el subsuelo miccionado de Seúl. Y despliega una insurrección canalla de guante casi blanco, una estrategia de la picaresca y el engaño -como un Azcona del siglo XXI- a través de la cual consigue ir copando los cuatro lugares del servicio doméstico de un adinerado arquitecto. Hay tanta canalla y genial inventiva en ese guion que la toma de la Bastilla de ese grupo familiar es un acto de celebración, a medio camino entre la cena de Viridiana -quizás homenajeada- y la inversión de las relaciones de dominio de El sirviente de Losey .

Pero el humor azconiano se va tiñendo de fatalismo. Hay más personal en el infierno, otros desheredados que bracean para abrir las compuertas y acceder al bienestar. Y Parasite transita hacia el granguiñol donde las insurrecciones dejan de ser de salón y se tiñen de sangre y de desesperación. Y Bong Joon-ho compone -en ese plano de un inmenso gimnasio donde duermen como garrapatas los damnificados de la séptima economía del mundo- un mural de cine político exasperado, sin quebrar apenas las dos almas de su película, que comienza generándote las sonrisas de buen ladrón del tema de Brassens. Y concluye golpeándote, devolviéndote al dantesco sótano donde los sans-culottes habitan sin ver la luz del cielo.

Frente al nivel de Tarantino y -casi- de Bong Joon Ho, Frankie, la película que el muy apreciable norteamericano Ira Sachs ha rodado en Sintra con Isabelle Huppert te parece una miniatura. Es la obra menos personal de Sachs -deudora hasta la mímesis de Allen, de Rohmer, de Hong Sang-soo- y, además, termina de descubrirte que la Huppert, a la que tanto hemos admirado, va siendo cada vez más víctima de un divismo o un egotrip que hace que -en vez de impulsarlas con su capacidad para generar fascinación- esté jibarizando las acomodaticias películas en las que interviene, hasta canibalizarlas.

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