Blade Runner en la calle Barcelona


Si como en la película de Ridley Scott, en aquel 1982, me llegan a decir cómo sería el futuro en noviembre del 2019 me hubiera imaginado esa posmodernidad en el que entonces era mi barrio. Me hubiera imaginado que el Agra del Orzán, en el 2019, estaría lleno de artificios, decorado y construido como nunca lo hubiera soñado. Tal vez habría volado todo por los aires (es un sueño perdido) y tal vez esa visión onírica de un horizonte de robots me habría hecho pensar que nada de lo que veía, tocaba y visualizaba en 1982 tendría relación con lo que carga este futuro.

Esa metrópolis ultramoderna no es, desde luego, la que me viene a la cabeza cuando vuelvo a poner los pies en la calle Barcelona. Cuando una vuelve a recorrer esa vía incluso con la intención que aporta el cariño impuesto de la infancia para que le guste. Pero ni rastro de Harrison Ford, por supuesto, y ni rastro de aquella alegría de 1982, que entonces no lo sabía, era un año mucho más ultramoderno que el 2019. No sé qué será de aquí a noviembre, que es justo cuando cumple años esa distopía que planteó en el cine Scott, pero todo hace pensar que no habrá grandes cambios en la zona.

Es difícil llegar a esa calle y no pensar en aquel pasado glorioso, cuando cada dos pasos abría una tienda con escaparates que, entonces sí, tenían ropa que parecía que llegaba de décadas futuras. Hasta en la ronda de Outeiro había un comercio con un nombre que atraía lo que estaba por venir: la Boutique 2000. Así se llamó durante años y así le seguimos llamando, incluso cuando fue sustituido por otro menos atractivo, porque aquella Boutique 2000 proyectaba todo lo que el barrio anhelaba: futuro. Pero el futuro se esfumó como un agujero negro y aquella realidad llena de vitalidad y de ilusión desapareció. Si despertara ahora de aquel pasado, más de treinta años después, la visión actual me parecería una pesadilla.

En la calle Barcelona de hoy poco queda de aquellos negocios boyantes de los ochenta y noventa, que intercalaban imprentas, joyerías, boutiques, mueblerías, zapaterías y tiendas de todo tipo (decoración, deporte, iluminación, regalos...). No quiero ser derrotista, y sé que hoy han crecido en la zona franquicias de distintas panaderías, que siguen resistiendo algunos buenos comercios y se ha montado algún local de hostelería con encanto. Sin embargo, el paseo es en general desolador. Desolador que apenas haya niños, desolador ver los bajos en alquiler o cerrados a cal y canto y desolador pensar que en aquella zona de bullicio y de tanta, tanta gente no se haya conseguido acoger, con algo más de cariño, un entorno más estimulante y agradable para favorecer este presente irreal. Sé que hay personas resistentes que aún pulsan con iniciativa la agonizante calle Barcelona, aquella misma que en los ochenta y los noventa, a los del barrio nos dio la vida. Ojalá haya futuro.

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