Atascos maratonianos

Ya sé que hay que sacrificarse para que los atletas puedan correr a gusto por los Cantones, pero ¿de verdad era necesario cortar simultáneamente el paseo marítimo, la plaza de Pontevedra y Linares Rivas?


Amo el deporte. Verlo, no practicarlo, claro. Soy, por ejemplo, una de las 15.800 almas cándidas que hace unos días contemplamos con resignación cristiana cómo el Rayo Majadahonda le pasaba por encima a nuestro centenario Deportivo. Además, como dice mi amigo Mario Beramendi, hace tiempo que los padres nos hemos convertido en los utilleros de nuestros hijos. Y por eso también me tocan entrenamientos y campeonatos de yudo y fútbol. Sobre todo lo del fútbol tiene su mérito, porque estar a las nueve y media de la mañana un domingo de invierno en la Torre es una de las cosas más hermosas que se pueden hacer en esta ciudad. Particularmente si graniza y viene el ventarrón del Norte. Hasta qué punto me gustará el deporte que el otro día me tragué la derrota del Básquet Coruña, viendo atónito cómo su rival le levantaba una ventaja de veinte puntos.

Presento estas credenciales porque alguno dirá que lo que voy a escribir es fruto de mi desamor al mundo deportivo. Nada de eso. Me parece genial que la ciudad esté llena de runners, aunque a veces resulta complicado andar por el paseo marítimo esquivando corredores, patinetes y bicis. Pero una cosa es eso y otra organizar, al grito de «Correr na Coruña qué bonito é», un maratón en pleno casco urbano tan cuidadosamente planificado que logró colapsar todas las vías de entrada y salida de la ciudad.

Ya sé que todas las grandes urbes tienen su maratón y que se corren en el centro. Y me parece estupendo. Pero estoy seguro de que en Nueva York o en Chicago el Ayuntamiento ofrece vías alternativas para desviar a los coches que no pueden circular por las avenidas cortadas. El domingo, por motivos que no vienen al caso, crucé A Coruña en coche a las diez de la mañana. A esa hora ya había fondistas dejándose el pellejo sobre el asfalto. Fantástico. Qué mejor manera de empezar el día que una buena carrera. En ese momento todavía era posible circular. Pero, cuando tres horas después quise regresar desde la zona de Cuatro Caminos a la Ciudad Vieja nos vimos atrapados en una rueda para hamsters entre la plaza de Pontevedra y la de Lugo. En un lugar te mandaban al otro y vuelta a empezar.

Ya sé que hay que sacrificarse para que los atletas puedan correr a gusto por los Cantones, pero ¿de verdad era necesario cortar simultáneamente el paseo marítimo, la plaza de Pontevedra y Linares Rivas? Es que resulta que vivimos en un istmo y si cierras esos tres puntos, A Coruña se ahoga.

Hay que reconocer, eso sí, que el atasco fue glorioso, monumental. Ya puestos a liarla, es mejor hacerlo a lo grande, dejando un solo carril abierto para entrar o salir por Alfonso Molina. Fue homérico.

Por crÓNICAs Coruñesas

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