Fiesta de pijamas y cañas en el Burger King


Antes de llegar ahí existen una serie de cosas que ves hacer a los padres y que aseguras que jamás secundarás cuando te llegue el momento, si es que lo tienes previsto. Pero cuando los niños aparecen te das cuenta de que, poco a poco, vas cayendo en todas ellas. Le pones Peppa Pig en el Ipad para comer. Lo llevas a Cantajuegos y terminas bailando con él Soy una taza. Colegueas con los padres de sus amiguitos en el parque. Y, sí, a la primera resaca con llanto de bebé decides que lo de salir con tus amigos sin cargas familiares se tiene que terminar.

Sin embargo, en la aventura parental aparecen situaciones que ni siquiera te habías planteado. Te dejas llevar. Cuando te quieres dar cuenta apareces ahí, como un panoli, haciendo algo tan aparatoso como tomarte una caña en un Burger King. Así terminé yo el pasado sábado, en Alfredo Vicenti. Con una Estrella en un vaso de plástico, sin una mísera aceituna adjunta y pagando 2,45 euros. Todo ello tras hacer una cola entre jovenzuelos que se movían por el establecimiento como si fuera su casa. No es que pretenda hacerme el guay ahora, fingiendo que nunca había ido a un burger y que me sentía allí dentro como un marciano, pero desde luego terminar de cañas con los padres de los compañeros de clase de mis hijos (eso que ni yo ni tú íbamos a hacer, ¿recuerdas?) no entraba dentro de mis planes. Para nada.

Resulta que cerca de allí se celebraba un cumpleaños-fiesta de pijamas al que estaba invitada mi hija. Era de mayores, entendiendo esa categoría entre los seis y siete años. Había que buscar para los pequeños un plan alternativo. Tras probar con dos imberbes en un bar cercano, caerse uno por las escaleras y poner al camarero loco, apareció la idea de llevarlos al burger, que tiene habitáculo con un tobogán y unas bolas para que los niños jueguen. Imagino que el tema está estudiando, pero durante las dos o tres horas que permanecieron allí jugaron, jugaron y volvieron a jugar, pese a parecer imposible que puedan aguantar tanto tiempo haciendo lo mismo en un espacio tan pequeño.

Mientras tanto, eché un vistazo a mi alrededor. Me llamó la atención una imagen que se repetía: adolescentes sentados en grupos mirando el móvil. La mayoría vestían de negro, parecían tristes y no hablaban entre sí. Como mucho compartían auriculares. Al fondo, sin embargo, se escuchaba bullicio y un adulto hacía contorsionismo para sacar una foto. Era el cumpleaños de un sonriente chaval rubio de unos 13 años vestido de Tommy Hilfiger al que ya le podía adivinar su papel de guaperas oficial del colegio. Parecía, en plan película americana teenager, el popular de la clase en el mismo local que los inadaptados. Por un momento pensé que estábamos en Oklahoma o algo así. Menos mal que, al llegar a la fiesta de pijamas para recoger a la cría, me encontré con una típica tradición local para darme cuenta que se trataba de A Coruña. Yes, here, in Spain.

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