La granja de los viaductos del Martinete

Francisco Muñiz, un emigrante retornado, mantiene gallinas, ovejas, un perro y un gato entre un bosque de pilares hormigón

FRANCISCO MUÑÍZ SUÁREZ EN SU FINCA BAJO EL VIADUCTO DE LA TERCERA RONDA
EN EL MARTINETE
FRANCISCO MUÑÍZ SUÁREZ EN SU FINCA BAJO EL VIADUCTO DE LA TERCERA RONDA EN EL MARTINETE

A Coruña

Tiene un gato negro, como aquella España en guerra de diciembre del 36 en la que nació. Francisco, que el próximo miércoles cumplirá 82 años, lo coge en el regazo y Micho ronronea a la espera de alguna larpeirada. Sentado en el tablón de madera que, al lado del hórreo, le sirve de banco, lo acaricia y juguetea con él. Atardece. Un poco más allá las ovejas han dejado de pastar para, firmes en lineal batería, mirar lo que está pasando en una finca que su día fueron dos: «Compreina en dúas veces», recuerda Francisco Muñiz Suárez mirando la leira del Martinete en la que tiene su pequeña granja. Por allí andan cinco ovejas, una decena de gallinas -«o ghalo aínda veu o sábado; deumo meu irmán, que o tiña en Sada»-, Micho y un perro.

El gato es de una camada nacida en una casa cercana pero se instaló a su finca «porque alí xa teñen outros ghatos». Francisco, que nació en A Laracha, también se mudó de su casa familiar en la que eran ocho hermanos. Lo hizo cuando tenía solo ocho años y, como solía ocurrir en aquellos tiempos, se fue a vivir con unos vecinos para ayudarles a trabajar, al mismo tiempo que estudiaba: «Á escola de analfabetos non tiven que ir», bromea.

«Chámase Tarzán», comenta acercándose a la caseta del perro. Mete la mano en el bolsillo para darle un trozo de pan. Avisa de que no muerde y cuenta como esa tarde tuvo que ir tras él porque «marchou para o medio dos coches». Por delante de la finca pasa la carretera, por detrás un bosque de altas columnas de hormigón sostienen los viaductos de la tercera ronda. Hasta tres vías del tren se pueden ver en el entorno. Francisco acaricia la cabeza de Tarzán y comenta: «Ten os ollos enfermos; límpollos e lávallos». Y muestra un colirio que utiliza para ello. También él ha tenido los ojos enfermos: hace un tiempo le han operado de cataratas. El médico le decía que tenía los ojos muy pequeños y él bromeaba diciéndole «pois pode abrirmos máis».

A pesar de su pequeñez, los ojos de Fran, como le llaman en el bar colindante con su finca, han visto muchas geografías: «Aos 20 anos casei e aos 21 marchamos para Suíza, despois de facer o servizo militar». Allí estuvo durante 29 años, trabajando en la construcción, «sempre co mesmo xefe», en una zona donde el idioma predominante era el alemán. Allí nació su hija, que tenía 25 años cuando retornaron de la emigración. Su mujer falleció hace poco más de veinte años, el mismo tiempo que lleva Francisco atendiendo la finca del Martinete y a los animales «que dan traballo. Pero estou mellor aquí que no bar, que se vou para alí ás veces saio coa cabeza...». Y se ríe.

En la finca «había casas e estaba todo cerrado con muralla», evoca. Ahora las construcciones que hay son un hórreo instalado hace unos años, la caseta de Tarzán, un cobertizo para las ovejas, y un alpendre en el que trocea el pan duro para darle a los animales. Muestra también un par de cubos llenos de kiwis porque también tiene varios árboles frutales: «Esta é una careixeira que dá moitas, pero da noite para a mañá veñen os estorniños e acaban con todo».

Una generosa bolsa de kiwis espera en la verja de entrada a que la recoja la persona a la que se los ha regalado. Tarzán se refugia en su caseta, detrás de la cual la penumbra empieza a envolver el bosque de pilares de hormigón.

«As ovellas vellas vendíanllas aos africanos, que as pagaban máis, eran para matalas»

FRANCISCO MUÑÍZ SUÁREZ EN SU FINCA BAJO EL VIADUCTO DE LA TERCERA RONDA
EN EL MARTINETE
FRANCISCO MUÑÍZ SUÁREZ EN SU FINCA BAJO EL VIADUCTO DE LA TERCERA RONDA EN EL MARTINETE

La pequeña granja de Francisco es de las últimas de una zona que está entre los restos de un mundo rural en claro ocaso y la industrialización. «Naquela casa tamén tiñan ovellas e ghaliñas», indica. Sobre las primeras detalla: «As vellas vendíanllas aos africanos porque as pagaban máis, e despois matábanas aí porque eles non comen a carne de cocho». En alguna ocasión también él vendió una de sus ovejas a dicho colectivo, «pero non as mataron aquí», recuerda.

Francisco no va ni a ferias ni a mercados porque lo que sale de su finca «é todo para a casa» o para compartir con familiares y amigos: «Ás veces, se hai un año [cordero pequeño] pois matámolo e comémolo». De todos modos, «eu na casa non como. Vou comer a Casa Juana, porque xa nos coñecemos de hai tempo; tamén vou algunha vez alí ao Birloque». Menciona asimismo otro local al que fue durante un tiempo. 

«Roubar? Está aí a Policía»

Un seto separa la carretera de una parte de la finca, mientras el resto está cerrada con una valla de alambre. Una de las últimas tareas que ha llevado a cabo Francisco es la de podar el alto seto, necesitando para ello un andamio que allí sigue. «Deixeino aí a ver se podo pintar o hórreo, pero con este tempo non se pode», explica, mientras muestra la hierba seca que guarda debajo del hórreo para las ovejas.

Al preguntarle si le han entrado a robar alguna vez, mira con sus ojillos brillantes y una expresión retranqueira: «Roubar? Está aí a Policía». Y señala el depósito de vehículos retirados por la grúa que está al otro lado de la carretera. Son vecinos con los que se lleva bien este hombre acostumbrado a estar muy activo y que ha superado un cáncer que lo tuvo «un mes no hospital sen comer nada».

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