Una acera para abrazar el parque

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

A veces una entiende esa legendaria fascinación de los jubilados con las obras. Cuando durante meses pasas por delante de una acera en construcción, acabas casi casi asomada a las vallas. En ocasiones porque se hace difícil pasar, y en otras por esa intriga que genera una máquina levantando la calle. Tanta que te pararías a preguntar al operario de turno qué es lo que hace exactamente y cómo se supone que va a quedar al final.

Así que cada vez que paso por la zona me sale la vena curiosa, como quien va a visitar a una amiga que reforma la casa, con ganas de ver cómo queda finalmente esa ampliación de la acera que abraza ahora el parque de Santa Margarita. Ayer una señora subía las escaleras que salían del callejón para asomarse a la valla. La intriga, supongo, que provocan los cierres, como cuando a uno le prohíben abrir determinada puerta.

Así hemos ido descubriendo cómo la ladera va bajando hacia la calle Palomar, rotas ya las barreras que aislaban el parque. Ahora parece que se desparrama hacia la ciudad, y la nueva acera parece abrazar los árboles.

Muchas veces parece que Santa Margarita es una isla, y estas obras que nos han hecho pasar por un minúsculo pasillo durante estos últimos meses han abierto un puente hacia lo verde, que falta hacía. Aunque no tengo muy claro que ese nuevo espacio en la avenida de Finisterre vaya a cumplir función de plaza, desde luego va a facilitar la bajada por esa acera que se quedaba pequeña.

El hormigón tiene tan mala prensa, el pobre, que no es de extrañar que no encaje en la definición de ciudades amables, sean lo que sean. Sin duda parece más cariñoso con el parque y con los ciudadanos algo así como un banco para sentarnos al borde de un jardín. Al menos mucho más que ese oscuro cierre gris que no aportaba nada, solo nos apartaba del verde. ¿Es posible que este nuevo modelo nos invite a entrar más a menudo en el parque? Vale que este tren de borrascas solo incita a encerrarse detrás de nuestros propios hormigones domésticos, sí. Pero el olor a tierra de estos días es una provocación. A entrar en el parque y dar una vuelta, sin más, a llevar a los niños a patinar o a ver el péndulo de la Casa de las Ciencias. A soñar en los días fríos y soleados del invierno, cuando pase la tormenta, o más allá: a la primavera que está por venir y que tendrá ya un parque de puertas abiertas. Así deberían ser todos los parques. Abiertos, sin callejones, preparados para cruzar de punta a punta en cualquier momento, accesibles para todos. Si a veces echamos de menos que la ciudad cuente con más pulmones verdes, por lo menos que los que tengamos respiren sin barreras.