¿Pero qué le he hecho yo al viento?

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

Hay veces (muchas veces) que encuentro en las páginas del periódico pequeñas maravillas. Sin grandes titulares ni varias columnas, son regalos que ocupan poco espacio a cambio de grandes momentos. Ocurría hace unos días con una columna de mi compañero de Santiago Mario Beramendi. Fue a la calle a por el párrafo perfecto y volvió con una pizza. Y pensaba yo que hasta en esto de buscar temas hay clases: yo salí a por un titular para la crónica y casi acabo con un parche en un ojo por culpa del viento. Se ha levantado el nordés y nos hemos vuelto todos locos, o algo parecido, que el viento es muy traicionero y no sé si hay un término para aquellos que sufrimos mal de viento, como llamamos lunáticos a quienes viven marcados por las fases de la luna. A los que nos gira la cabeza por culpa del viento, esta ciudad puede que no nos siente demasiado bien. Siempre podemos evitar la ventolera escandalosa de Rubine, claro, pero los efectos colaterales del nordés aparecen donde menos te los esperas.

Porque nosotros andamos medio idos, sí, pero sobre todo se han vuelto locos los árboles: casi a las puertas de mi casa las hojas no son simples naturalezas muertas, no. Han formado su propio aquelarre.

A cualquier hora del día, a poco que te descuides, giras la esquina y ahí están, zas, como el tornado que se llevó a la pobre Dorothy, pero sin arco iris. Un torbellino de pedazos marrones de otoño, empeñados en girar hacia ninguna parte, violentas, hasta que se encuentran con mis ojos y deciden atacar como si no tuviesen nada mejor que hacer. Allá fue derechita una esquirla por la mañana, bien temprano, a esa hora en la que no se oía nada más que el viento y una luna llena avisaba de que esa combinación de aire y plenilunios no podía traer nada bueno. A esas horas, por mucha luna que se pasee por la ciudad, no se ven tres en un burro. Estaba yo como para conseguir sacar nada del párpado, más que un manantial de lágrimas dignas de mejor causa.

Son las hojas, que se han vuelto locas en esa esquina, de verdad, donde el viento nos baila las faldas, nos despeina, aturde a los bebés y ensucia la calle. Porque el torbellino sube, claro, pero de repente se calma el viento y allá van todas abajo de nuevo, con un crujir leve, para llenar la calle de otoño, y esperar a que vuelva a levantarse el nordés y a que pase otra incauta. Están enloquecidas porque no se termina el verano, cuando ya le toca, y ellas solo quieren descolgarse y volar y llenarnos las plazas de otros colores, y descansar del calor. Tengan cuidado. Las hojas de este aquelarre acechan en mi esquina, pero seguro que tienen muchas primas igual de brujas escondidas por toda la ciudad.