«En esta farmacia no se fía...»

O Portádego conserva un cartel metálico desde la apertura del local, en 1930


culleredo / la voz

«Según nos contó mi abuelo, en la farmacia había un empleado que siempre estaba rondando a las mujeres. El chaval hablaba con una, con otra... Y no debía de trabajar mucho. Así que el boticario que había entonces, como no se atrevía a reprender al mancebo, en vez de darle el recado decidió colgar un cartel con el mensaje ‘En esta farmacia no se fía ni se permiten tertulias’». Esta es la historia que cuenta María Casasola del famoso cartel que cuelga desde hace más de un siglo en la farmacia de O Portádego.

Casola explica también que cuando hicieron el cambio de local rescataron y reutilizaron todo lo posible, entre otras cosas ese cartel metálico, básculas antiguas, botes con fórmulas magistrales e incluso algunas piezas del mueble original donde se guardaban las medicinas. «Este mueble que ves aquí es una reproducción del que estaba en el antiguo local. No pudimos reutilizar todo en la mudanza porque tenía tantos años que estaba cedido. Pero bueno, este es mucho más cómodo, sin duda. Los cajones del otro ni siquiera tenía raíles y costaba muchísimo abrirlos», recuerda.

Un negocio con historia

María Casasola es hija y nieta de boticario. Aunque precisa que era su abuela la que realmente ejercía como farmacéutica, a pesar de que no tenía formación para ello. «Es que mi abuelo la tenía que dejar sola muchas temporadas al frente de la farmacia porque como se le habían muerto dos hermanos en la guerra, tenía que volver a Extremadura para gestionar la fábrica de aceite de su familia». Cuenta María que todavía conserva los botes con las anotaciones que le dejaba a su mujer: «En este le ponía ‘Ojo!, porque la tintura de nuez vómica es un cardiotónico y la dosis tenía que ser la justa, o en el bote con la tintura digital también le hacía una advertencia». María explica que, a pesar de que su abuela no tenía formación, doña Concha se convirtió en comadrona, enfermera y boticaria. «Fue una mujer muy inteligente, adelantada a su época y que fue aprendiendo el oficio. Ella era la que realmente llevaba la farmacia. Y si la quitabas del mostrador, no era feliz». María dice que doña Concha estuvo en la farmacia hasta poco antes de morir, con 95 años: «Estaba sentada en la rebotica, en una mesa camilla. Y ella miraba las recetas, le preguntábamos sobre ellas y conocía a todos los clientes», recuerda. «En una ocasión vino un señor preguntando por doña Concha. Ella salió y el hombre le dio las gracias porque de pequeño le había conseguido una medicina que su familia no podía pagar. Y hace un año vino una señora que quería pagar una deuda de 200 pesetas... Y tuve que aceptarle los 2 euros que me daba», comenta María.

Sobre cómo acabó la farmacia siendo un negocio familiar, dice que también tiene una bonita explicación. «Mi abuelo Fructuoso era de un pueblo de Badajoz y su madre, que era muy rígida, lo mandó a estudiar Farmacia a Madrid. En vez de estudiar mi abuelo se dedicó un año a dar palmas a las cupletistas y, cuando lo pillaron, lo mandaron a la facultad más dura de España, a la de Santiago. Allí sacó la carrera y conoció a mi abuela, con quien se casó. Aunque se fueron a vivir a Extremadura, el estallido de la Guerra Civil los pilló en Galicia, con mi abuela embarazada y se quedaron». Con la ayuda de la familia de su abuela compraron la farmacia de O Portádego en 1930, con la herencia de la venta de una casa. «Después pasó a mi padre y en el 2011 yo se la compré a él. Así que puede decirse que ya es la tercera generación. Eso sí, mi abuelo con el título de la República, mi padre con el que firmaba Franco y yo con el del rey Juan Carlos I».

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